UN PUNTO DE VISTA – Recuperemos el tiempo perdido

 Por: Raúl Bravo Sender El pasado 28 de julio hemos conmemorado 202 años como República independiente y soberana. Durante los dos últimos años nuestra patria ha caminado por un camino errado y oscuro. Quienes se instalaron en el poder en el año del bicentenario llevaron al país al acantilado del abismo, socavando las bases de…

 Por: Raúl Bravo Sender

El pasado 28 de julio hemos conmemorado 202 años como República independiente y soberana. Durante los dos últimos años nuestra patria ha caminado por un camino errado y oscuro. Quienes se instalaron en el poder en el año del bicentenario llevaron al país al acantilado del abismo, socavando las bases de la gobernabilidad democrática y el estado de derecho, y amenazando con instalar un régimen autocrático en desmedro del equilibrio y la separación de poderes y de los derechos fundamentales de las personas.

A estas alturas podemos realizar un análisis crítico de las razones por las cuáles una mayoría de electores peruanos eligió al candidato del sombrero que nos hizo perder casi dos años. La frustración acumulada durante el año anterior de la pandemia, de miles y centenares de compatriotas que precarizaron sus respectivas situaciones económicas, sumado al rechazo a la otra candidata, que diversos colectivos durante las dos últimas décadas se han encargado de sembrar en la opinión pública, fueron los ingredientes para que un improvisado y aventurero se hiciera del poder.

La campaña mediática estuvo dirigida a aprovecharse del estado de sensibilidad y frustración del electorado, al cual lo agarraron en su momento más vulnerable. Se prometió el cambio por medio de una nueva Constitución. Pero dicho régimen terminó siendo más de lo mismo. La izquierda y todas sus variantes demostraron un apetito de poder sin límites, copando ministerios y otras instituciones. No faltaron los oportunistas que pretendieron subirse al carro por una cuota de poder, o por congraciarse con un régimen que ya alzaba el moño de manera autoritaria.

Se azuzó al incauto pueblo, exacerbando los ánimos y dividiéndonos a todos los peruanos como si fuéramos enemigos los unos de los otros. Un discurso incendiario que se aprovechó de la buena fe de los connacionales que, en efecto, tenían la esperanza de un cambio, pero no era la forma. Las demandas sociales puede que sean legítimas, pero el progreso no se da por decreto, sino que va dándose por sí solo, garantizando desde el poder los derechos y las libertades individuales para que las mismas personas sean las que salgan adelante por su propio esfuerzo y trabajo, no ofreciendo cosas que son inviables e imposibles.

En el contexto de un clima incierto e inestable se paralizaron muchos proyectos, ahuyentando a la inversión privada. Si la pandemia nos hizo retroceder diez años, retornando a muchos peruanos a la pobreza, los casi dos años del régimen instalado en el bicentenario agravó la crisis. Muchos incendiarios se sintieron empoderados y generaron el caos y el desgobierno con tomas de carreteras y atentados a la propiedad pública y privada. Y se le echaba la culpa de todo al Congreso de la República pidiendo su cierre, con el evidente propósito de aniquilar al sistema de pesos y contrapesos que es el que precisamente evita la concentración del poder. Si hoy hemos sobrevivido en algo a ese nefasto período, lo es gracias a los candados que se establecieron desde el Poder Legislativo para evitar su cierre.

Que este tiempo de inestabilidad que hemos experimentado nos abra los ojos y nos demos cuenta que el camino hacia el progreso y el desarrollo lo es el de la libertad política y la libertad económica, en democracia y estado de derecho. Recuperemos la confianza en un clima de estabilidad para atraer la inversión privada, tanto nacional como extranjera. ¿A qué juegan los azuzadores? ¿A crear el caos y el desgobierno para agravar las contradicciones y sacar provecho de la división entre peruanos? Si se quieren cambios, existen mecanismos democráticos que los permiten, y no forzándolos a costa de los derechos y las libertades individuales. Pero no se dialoga con el violento. El Estado y el Gobierno deben recuperar el principio de autoridad, respetando -evidentemente- los derechos humanos. Generemos confianza mediante el diálogo y el intercambio de ideas, con tolerancia y respeto. Pues, todos seguiremos siendo peruanos.