Sonia Beatriz Ayaucán Ciudad: estrella del voleibol peruano

| Por: Guillermo Alfonso Uribe Lengua Administrador y creador de contenidos del grupo de Facebook «Iqueños en la Historia» Fui tan pobre que mi madre me enviaba al colegio con mi único par de zapatos, y esos mismos zapatos los usaba para hacer mi educación física, pero nunca le bajé la mirada a la vida.…

| Por: Guillermo Alfonso Uribe Lengua

Administrador y creador de contenidos

del grupo de Facebook «Iqueños en la Historia»

Fui tan pobre que mi madre me enviaba al colegio con mi único par de zapatos, y esos mismos zapatos los usaba para hacer mi educación física, pero nunca le bajé la mirada a la vida. Gracias mamá por lo poco, gracias mamá por tanto y gracias mamá por todo.

Mi historia:

Tenía tan solo 13 años y una amiguita del colegio me pidió que la acompañará a sus entrenamientos que se llevaban a cabo en el Coliseo Municipal de Deportes de Chincha.

Yo vivía en el distrito de Pueblo Nuevo, en Chincha, y ese día -y desde nuestras casas- nos fuimos a pie, y yo sin permiso; llevaba puestos mis fieles zapatos negros de colegio.

Llegamos al coliseo y el entrenador era el señor Bellahonia. Yo era muy delgadita y tímida, y me senté en las escalinatas del coliseo para ver a mi amiga; a medio entrenamiento se me acerca el entrenador y me pregunta si no deseaba jugar, yo le respondí que no tenía zapatillas y que estaba acompañando a mi amiga. Vamos, me dijo, entra, haz lo mismo que hacen las demás niñas.

Me quité mis zapatos de colegio y entré por primera vez al campo del Coliseo Cerrado. Ese día entrené de alma y descalza, a tal punto que al día siguiente no me podía ni levantar de la cama.

Mi madre se dio cuenta, no le había pedido permiso para ir al coliseo y me castigó: No iría ya a jugar voleibol.

Al sábado siguiente tocaron la puerta de mi casa y era el señor Bellahonia, con otro señor -después supe que era el presidente de la Liga de Voleibol de Chincha-; hablaron con mi mamá para que regrese a entrenar y me entregaron una caja, la abrí y eran mis primeras zapatillas, convencieron a mi mamá y ese día regresé al coliseo a entrenar.

Pasaron los meses y me llevaron a un nacional inter clubes en Lima; terminado ese campeonato se acercó a mí un señor que decía llamarse Fernando Aguayo, me preguntó mi nombre y me dijo que me visitaría en Chincha.

Pensé que esa conversación había quedado ahí, yo tenía solo 13 años; a las dos semanas llegó a mi casa esa misma persona, tocó la puerta y pidió hablar con mi mamá, yo no sé cómo dio con mi casa. Quería llevarme a Lima; mi mamá se negó; dijo que una cosa era jugar en Chincha y otra cosa era que me vaya a Lima.

Ese día intercedieron mis tías y con Fernando Aguayo trataban de convencer a mi mamá; mis tías le decían que de repente esa era mi oportunidad y que me dejara ir; mi mamá me miraba y soltó unas lágrimas, luego dijo: “cuide a mi hija señor Aguayo, se la entrego”.

Ese día Fernando Aguayo se fue con Rosa Ayaucán a Lima; se hospedería en el colegio Divino Maestro. Los primeros días fueron días de extrañar y de muchas lágrimas, hasta pidió regresar a su Chincha querida; tenía tan solo 13 años de edad. El director del colegio la visitaba y le llevaba un cuarto de pollo a la brasa; ella le decía que quería ver a su mamá.

La ventana de su cuarto que le habían dado como habitación daba para la cancha de voleibol. Un día lunes escuchó risas y bulla, se paró a mirar por la ventana y vio que llegaban chicas con buzos y zapatillas, entre ellas pudo reconocer a la gran jugadora Ana Cecilia Carrillo; le pasaron la voz, tenía que entrenar, alguien se acercó a su cuarto y le entregó ropa deportiva nueva, bajó las escaleras se fue directo a la cancha y se encontró de pronto con las estrellas del colegio Divino Maestro.

Fue presentada por Fernando Aguayo y Anacé le dio la bienvenida, le otorgó la confianza que ella necesitaba, entrenó muy fuerte; luego, a los días, participó en un campeonato de menores y sería convocada para un sudamericano. Fernando Aguayo le dijo que no iría, que no era su momento, que le faltaba más experiencia y que no quería quemarla, había chicas de mayor nivel; y así fue, no se presentaría al llamado y siguió entrenando en su club.

Agarró más confianza, más partidos, más convocatorias y se codeó con la crema y nata del voleibol nacional. Fernando Aguayo partió al club Power y se llevaría a su descubrimiento, a la gran Sonia Ayaucán. Vinieron nuevas convocatorias para representar a PERÚ, esta vez si aceptaría, estaba en su mejor nivel, formaría equipo con Rosa García, Cecilia Tait, Gaby Pérez del Solar, Denisse Fajardo, Gina Torrealva, Cenaida Uribe y muchas estrellas más del voleibol peruano.

Vinieron sudamericanos, panamericanos, mundiales representando a su patria, luego partió a jugar cuatro años en Italia y cuatro años en Brasil; siguió siendo convocada hasta que una fuerte lesión a la rodilla la alejaría definitivamente de las canchas de voleibol.

Ella es SONIA AYAUCÁN CIUDAD, orgullo de Chincha y de la región Ica, para que se le reconozca como tal.