Proponen que el cauce La Achirana sea convertido en alameda

Después de más de 600 años de existencia surge una espléndida idea visionaria para convertir en un atractivo turístico recreacional el legendario cauce La Achirana, cuya presencia simboliza la maravilla de la ingeniería hidráulica inca. Lo sorprendente es que la propuesta para que La Achirana sea convertida en una alameda no proviene de ningún hijo…

Después de más de 600 años de existencia surge una espléndida idea visionaria para convertir en un atractivo turístico recreacional el legendario cauce La Achirana, cuya presencia simboliza la maravilla de la ingeniería hidráulica inca.

Lo sorprendente es que la propuesta para que La Achirana sea convertida en una alameda no proviene de ningún hijo ilustre iqueño, sino de un residente ilustre que estuvo más de 30 años en esta ubérrima tierra del Sol Eterno.

Nos referimos al doctor Oscar Loayza Azurín, quien luego de cesar como juez superior del Distrito Judicial de Ica, vive ahora con los suyos en la maravillosa ciudad de Abancay, que lo vio nacer.

El exmagistrado, que cuando estuvo en Ica ocupó cargos muy importantes como presidente de la Corte Superior, decano del Colegio de Abogados, director regional de Trabajo, director académico de la Facultad de Derecho UNICA, asesor legal del Codheica y teniente alcalde de la municipalidad de La Tinguiña, desde su Abancay querido ha lanzado una propuesta que es un desafío a las actuales autoridades y a los candidatos de las próximas elecciones regionales y municipales.

Como exresidente de La Tinguiña, el doctor Oscar Loayza ha lamentado la recurrente situación de abandono del cauce que nace en Los Molinos y concluye en Tate, con un recorrido de 30 kilómetros, cuyas aguas de avenida y de la laguna Choclococha riegan unas 10 mil hectáreas de todo tipo de cultivos, como paltas, espárragos, mandarinas, dátiles, pallar y uvas.

En diálogo con el diario La Opinión, Loayza Azurín dijo que por falta de una vigilancia constante muchos vecinos que viven por ambas márgenes del cauce han tomado la mala costumbre de arrojar sus desperdicios sólidos en ese canal de regadío, estropeando su aspecto y dañando el medio ambiente.

En ese sentido, propuso que se ensanche el cauce en zonas críticas para evitar desbordes y que se construya una alameda en todo su recorrido, con siembra de árboles y plantas ornamentales, con la finalidad que los turistas y residentes disfruten del paisaje campestre iqueño, ya sea caminando, en bicicleta o auto.

Dijo que el megaproyecto lo pueden hacer de manera conjunta y articulada los alcaldes de los distritos de Los Molinos, San Juan Bautista, La Tinguiña, Parcona, Los Aquijes, Pueblo Nuevo, Pachacútec y Tate, con el innegable apoyo del gobierno regional de Ica.

“Con esta obra monumental no sólo estaríamos solucionando el problema de contaminación ambiental por la basura arrojada, sino que al anchar el cauce estaríamos aliviando la carga de agua del río Ica para evitar inundaciones; a la vez le daríamos a Ica un nuevo y colosal atractivo que sería disfrutado por propios y extraños”, sostuvo el exmagistrado, graduado de abogado en la Universidad “San Antonio de Abad” del Cusco, con maestría y doctorado en Derecho en la UNICA.

Leyenda

La leyenda que perdura hasta nuestros días fue rescatada por el genial Ricardo Palma (1833-1919), en su magistral obra literaria Tradiciones Peruanas, donde cuenta que durante diez días los cuarenta mil hombres del ejército inca “se ocuparon en abrir el cauce que empieza en los terrenos del Molino y del Trapiche y termina en Tate, heredad o pago donde habitaba la hermosa joven de quien se apasionara Pachacútec”.

Según la leyenda, esta muestra de amor se habría dado el año 1412; o sea, 120 años antes del arribo de los españoles. “El Inca Pachacútec, en compañía de su hijo el príncipe Yupanqui y de su hermano Cápac Yupanqui, emprendió la conquista del valle de Ica, a unos 300 kilómetros al sur de Lima, cuyos pacíficos habitantes carecían de esfuerzo y elementos para la guerra”.

Agrega; “El Inca con miles de guerreros fuertemente armados propuso a los pacíficos iqueños que se sometiesen a su paternal gobierno. Al llegar al lugar denominado Tate, cuya propietaria era una anciana a la que acompañaba su bellísima hija, llamada Chumbillaya, el conquistador creyó que también sería fácil su conquista, pero ella que amaba a un galán de la comarca, tuvo la energía necesaria para resistir a los enamorados ruegos del omnipotente soberano, al cual se rendían numerosos reinos, no solo por la fuerza de las armas, sino porque era el hijo del sol”.

“Al ver perdida la esperanza de ser correspondido, decidió dejarla en paz y otorgarle la merced que le pidiera, en recuerdo del amor que le inspiró. ‘Nada debo pedirte’, contestó la bella indígena, ‘quien dones recibe obligado queda; pero, si te satisface la gratitud de mi pueblo, ruego que des agua a esta comarca. Siembra beneficios y tendrás cosechas de bendiciones’. Y así cautivó con sus palabras al noble soberano, quien le propuso esperar diez días para ver realizado el sueño de la comunidad”.

“Y el caballeroso monarca subió al anda de oro que llevaban en hombros los nobles del reino y continuó su viaje triunfal. Cuarenta mil hombres del ejército Inca durante diez días abrieron el cauce que lleva del Molino y del Trapiche y termina en Tate, heredad de la doncella que deslumbró al monarca». El nombre Achirana, en quechua es elocuente: “Lo que corre limpiamente hacia lo que es hermoso”.


Daniel Bravo Dextre