Banda y Escolta del Bicentenario Colegio «San Luis Gonzaga» de Ica

| Por: Guillermo Alfonso Uribe Lengua

Administrador y creador de contenidos del grupo de Facebook «Iqueños en la Historia»

Todavía suenan en mis oídos el redoble de las tarolas, tambores, los instrumentos de viento y el fuerte sonido del bombo.

Todavía suenan en mis oídos los instrumentos musicales que eran parte de la Banda de Música de mi bicentenario colegio.

Mi primer año de secundaria en el «Emblemático y Bicentenario Colegio Nacional San Luis Gonzaga de Ica», así, escrito con todos los honores, fue todo un reto. Era un inmenso colegio, dos canchas de fútbol, dos de básquet, una piscina, un cine inmenso, un anfiteatro; dividido en secundaria común, comercio y politécnico. Había dos quioscos, uno frente al patio central, el del chileno don Lucho Echegaray, papá del “Lobo” Manolo Echegaray, destacado basquetbolista del Club Atlético Bilis; y otro, un poco más retirado que quedaba casi terminando los pabellones del politécnico, ahí donde sonaban los ruidos de motores diésel, cortadoras de madera, motores eléctricos. En ese quiosco, terminando la tarde, su especialidad eran unos bizcochos largos; le llamábamos chanchitos.

Quien traía estos chanchitos en su triciclo era una gordita, blanconcita y bajita; a los años me enteré que esos chanchitos los preparaban en una pequeña panadería de la calle Caylloma, una transversal entre Bolívar y Lima.

Mi primer día de clases. Había estudiado mi 4to. y 5to. de primaria con el profesor Justo Soriano Pinto; entraba a secundaria y la formación era en el patio central; las autoridades del colegio se acomodaban en el segundo piso, dándonos la bienvenida:

A ver alumnos tomen distancia, nos decían; tocaba estirar el brazo y colocar la punta de los dedos en el hombro de tu compañero.

Firmes, descanso, atención. A la derecha, derecha, a la izquierda, izquierda.

Después de todo un protocolo de bienvenida tocaba ir a los salones, a mí -de arranque- me tocó ir a 1ro «I».

Ahí, en mi primer año conocí al profesor Eliseo Carbajo, muy bajito, prieto él, era el director de la banda de música. Todo un honor verlo de lejos. El almacén de la banda estaba entrando al colegio primer pabellón de la derecha, al fondo; los elegidos para integrarla se quedaban hasta altas horas de la tarde con sus instrumentos, practicando, sacando notas musicales, una bulla ensordecedora. Después venía la recompensa: los desfiles escolares.

Recuerdo mi primer desfile escolar para el aniversario de nuestro colegio. Yo, en primero de secundaria, estaba entre la barra en nuestra querida plaza de armas. Ese año vinieron grandes instituciones educativas de la región Ica y de la capital: el Simón Rodríguez de Nasca, el San Martin de Pisco, el José Pardo y Barreda de Chincha; y, de la capital, la Gran Unidad Escolar Melitón Carbajal y el Colegio Guadalupe, instituciones con grandes laureles en desfiles escolares.

Ese bendito día, el jurado -como siempre- estaba en un estrado montado en nuestra querida plaza de armas; ya habían pasado colegios locales como el Abraham Valdelomar, el Toribio Polo, el San Vicente, los colegios de provincias vecinas; la gente quedaba maravillada con el paso marcial y gallardo de los colegios limeños, todo era una fiesta, el concurso a la mejor banda y la mejor escolta.

Le tocaba el turno a nuestro querido San Luis Gonzaga. Don Eliseo Carbajo, zorro viejo en estas lides, coordinó con el instructor pre militar (que así se llamaba en aquellos tiempos) y casi obligó a que la banda del Colegio San Luis Gonzaga empezaría a tocar en la iglesia de San Francisco; era mucha distancia, más de una cuadra. Don Eliseo Carbajo quería que se hiciera un gran silencio antes que los redobles de nuestra Gran Unidad Escolar empezaran a tocar, ya que por costumbre y por reglamento, las bandas de los colegios solo se llevaban unos metros después de cada colegio.

Ese día se hizo un silencio enorme, alguien se encargaría de levantar el brazo en la esquina de la plaza y, mirando hacia San Francisco, dando la señal de inicio; así lo había planeado el maestro don Eliseo.

Y así fue. Don Eliseo, apenas divisó que su espía lo hacía desde la plaza, gritó ¡yaaaaaa!

Y los vientos trompetas, tubas, clarinetes, cornetas, seguidas de redobles, tambores, bombos daban inicio a la mejor composición marcial jamás escuchada, más de 50 alumnos con compases exactos como un reloj suizo; a lo lejos se divisaba que venía la Banda del Bicentenario Colegio San Luis Gonzaga, el ruido era ensordecedor. Adelante, solo unos metros adelante, un waripolero, alumno medio achinado, experto con la waripola. Todo un espectáculo.

Llegaba la Banda de manera ordenada a su posición, pararon de tocar, se ordenaron, tenían que iniciar una nueva marcha. La escolta se había retrasado a propósito. Don Eliseo levantó el brazo y nuevamente dio la orden; allá, a lo lejos, se veía venir la escolta, con paso gallardo, con alumnos por encima del 1.80 mts. de estatura, llevando el estandarte peruano; llegaron a la esquina de la calle Tacna y tenían que iniciar la marcha:

Se escuchó al estandarte gritar:

Escolta altoooooo. Preparados, yaaaaaaa; todos salimos con el pie izquierdooooo a la voz de 3.

1, 2, 3 marchen, yaaaaaaaaa

Esa mañana de junio, el Colegio San Luis Gonzaga arrasó con todos los premios:

Mejor banda

Mejor escolta

Mejores batallones

Por encima de grandes colegios de la capital, ese día don Eliseo Carbajo dio cátedra una vez más; ese día todos aplaudían al Bicentenario Colegio San Luis Gonzaga de Ica; ese día fuimos premiados como el mejor colegio.

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