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Cajón de sastre
La oración, el último recurso de un bribón Segundo Florencio Jara Peña Tengo un amigo, amante de la filosofía, quién no obstante sus fatigosas ocupaciones laborales, en los resquicios de tiempo que le deja el trabajo y su familia está tratando de comprender la esencia trascendental de las cosas. Él no es agnóstico, mucho menos…
La oración, el último recurso de un bribón
Segundo Florencio Jara Peña
Tengo un amigo, amante de la filosofía, quién no obstante sus fatigosas ocupaciones laborales, en los resquicios de tiempo que le deja el trabajo y su familia está tratando de comprender la esencia trascendental de las cosas. Él no es agnóstico, mucho menos un ateo, creo que, por el contrario, tiene una sólida vocación religiosa, de la más rancia tradición judeo cristiana (o al menos eso es lo que uno infiere cuando le oye discursar sobre religión). A pesar de su acartonada formalidad, céltica, clerical, es una persona que todavía conserva el sentido del humor, pero creo que no ha leído o no ha oído hablar de aquel poema atribuido (equivocadamente) a Jorge Luís Borges en el umbral de su muerte, porque no le gusta cometer errores o caminar descalzo en la hierba, y que nos cae como anillo al dedo cuando estamos remontando la colina de la vida y vemos nuestra vida en retrospectiva: Instantes.

En una ocasión, conociendo su afán por escarbar las cosas, en medio de una de nuestras acostumbradas conversaciones, de improvisto le solté esta frase: “la oración, el último recurso de un bribón”. Al instante lo anotó en una pequeña agenda de pringoso forro imitación cuero, que todavía luchaba por conservar el color negro de sus orígenes, cuyas páginas estaban atiborradas de escritos y anotes interpolados que solo él podía entender. Seguidamente se puso a reflexionar sobre la frase que él consideraba “profunda”, filosófica (pues todavía ignoraba si se trataba de un adagio, refrán, sentencia o proverbio), de manera que el tema, según su entender, merecía una conversación matizada con cafés. Durante las tres o cuatro tazas de cafés que despachamos aquella tarde, a partir de las palabrejas que mordieron su curiosidad aprendí bastante sobre temas muy variados. Vaya con el tipo, rebosaba conocimientos por todos sus poros. En primer lugar, me explicó que Sentencia -no en el lenguaje abogadil- es todo dicho breve que lleva en sí un buen pensamiento, ora en materia moral, ora en materia religiosa, filosófica o política; por ejemplo, me dijo, “el perdón es la mejor venganza”, esa es una sentencia; en cambio un Proverbio es un dicho breve y agudo, pero necesariamente moral: “quien comienza en juventud a bien obrar, señal es de no errar en senectud”. El Adagio, por su parte, es un dicho que encierra un pensamiento filosófico, pero expresado de un modo vulgar, con malicia, con chiste picaresco, sin tener la sabiduría de la experiencia: “casar y compadrar cada cual con su igual”; y pues el Refrán consiste en un dicho ingenioso, truhanesco, picante pero que ha de encerrar necesariamente una alegoría, es metafórico: “no sé qué te diga Antón, el hocico traes untado y a mí me falta un lechón”. Entonces, concluyó que “mi” frase era una sentencia y probablemente de origen Tomista, no descartaba haberlo leído alguna vez revisando incunables en un viejo seminario del norte. ¿Sabes qué es orar? Me preguntó. Y sin esperar alguna respuesta mía repuso: Orar es… Hablar con Dios, y.… para hablar con Dios es necesario que creas que en Él. En otras palabras… tienes que tener Fe. Nuestra Fe es probada cuando hablamos con Dios, porque estamos dirigiéndonos a alguien a quien nuestros ojos físicos no ven. Locura para el incrédulo, pero, para el creyente es una necesidad y un deleite. Tú no ves al viento con tus ojos, pero sabes que existe porque lo sientes, ¿verdad? Lo mismo es con Dios, no lo vemos, pero, porque creemos en Él lo sentimos. En efecto, tenía sentido lo que decía y a medida que citaba casos de personas notorias o formalmente ateas, a quienes luego se les veía, sin ningún pudor, compungidos, místicos orando en eventos religiosos públicos, caí en la cuenta de que yo también había sido testigo de muchas de estas “conversiones”, es decir, de personas que aparentemente la religión y sus misterios les tenia sin cuidado, verdaderos bribones, pero cuando de pronto se les presentaba un problema en el diario vivir, primero, como es obvio a su filosofía de vida, por decirlo de algún modo si es que estas personas tienen filosofía de vida, agotaban todas las posibilidades terrenales para solucionarlo; sin embargo, cuando el circulo se iba cerrando y las respuestas materiales no llegaban, recurrían al último recurso: la oración. ¿Sabías que respecto de nuestro más insigne Ateo de la historia se corre el rumor de que en su lecho de muerte volteo el rostro hacia Dios y oró antes de alzar vuelo hacia el más allá? Con esa pregunta me sacó de mis reflexiones. Así es, continúo, aunque nunca confirmado claro, porque estas cosas se hacen sin testigos. Carlitos Marx, el mismo que afirmaba que la religión es una forma de alienación porque es una invención humana que consuela al hombre de los sufrimientos en este mundo, disminuye la capacidad revolucionaria para transformar la auténtica causa del sufrimiento y legitima dicha opresión; él consideraba que la experiencia religiosa no es una experiencia de algo realmente existente. Su punto de vista era claramente ateo: no existe Dios tampoco el alma, así de sencillo. Pero este gandul cuando esperaba a la pelada también recurrió al último recurso: oró encomendándose al Dios que había negado materialismo-científico-históricamente. Cuando nos despedimos olvidé citarle la fuente de la frase profundamente filosófica que nos había mantenido reflexionando más de tres horas, claro más a él que a mí. Al llegar a casa, mis hijas estaban frente al televisor, mirando absortas una serie de dibujos animados, me despojé del traje y me senté junto a ellas. Allí estaba la familia norteamericana de piel amarilla y ojos saltones que tanto nos divertía: Los Simpson. Era un capitulo repetido: el díscolo y ateo Bart como siempre se había metido en problemas y había logrado ir sorteando las consecuencias, hasta que ya no cabía más giro en la tuerca, excepto ponerse de hinojos al costado de la cama, entrelazar los dedos, poner el rostro lo más beatíficamente posible y orar. En esos místicos momentos es sorprendido por la culta e inteligente Lisa, quién cáusticamente le dice: ajá, la oración, el último recurso de un bribón. Esa noche, antes de pescar el sueño todavía meditaba si sería atinado revelar a mi amigo la verdadera fuente de donde había obtenido la frase en cuestión, o tal vez sería una falta de respeto a su seriedad científica por provenir de una serie de dibujos animados. Ah, el pequeño granuja obtuvo el milagro que pidió al orar.
