Cajón de sastre – Mensaje en la botella

Segundo Florencio Jara Peña Hace 15 años, o tal vez más, no recuerdo exactamente la fecha, viajé a Cajamarca con ocasión de una actividad laboral. Era mi primera vez en aquella ciudad que, con su arquitectura colonial y su aura de misticismo andino, evocaba en mí recuerdos del Cusco. Parecían hermanas reflejadas en un espejo,…

Segundo Florencio Jara Peña

Hace 15 años, o tal vez más, no recuerdo exactamente la fecha, viajé a Cajamarca con ocasión de una actividad laboral. Era mi primera vez en aquella ciudad que, con su arquitectura colonial y su aura de misticismo andino, evocaba en mí recuerdos del Cusco. Parecían hermanas reflejadas en un espejo, con una cultura rica en historia, restos arqueológicos y ese magnetismo tan peculiar que solo se encuentra en los Andes.

Me hospedé en un hotel cerca de la Plaza de Armas, asentado en una estructura colonial con sus muros llenos de historias no contadas.

Después de ordenar mis cosas en la habitación que me habían destinado, me percaté en un libro desgastado por el tiempo que reposaba sobre la mesita de noche. Se trataba de “La tregua”, de Mario Benedetti. Hasta aquel día no había leído nada de este escritor uruguayo. No pude resistir la tentación de hojearlo. Al abrirlo, encontré un manuscrito en una hoja amarilla, de esas antiguas que se utilizaban para enviar cartas. La tinta azul con la que estaba escrito revelaba unos trazos fuertes y firmes en cursiva, pero de una caligrafía un poco enrevesada. Abstraído más por la lectura del libro, dejé que la carta esperara el lugar y el tiempo oportunos. Lo consideré como esos antiguos mensajes en botellas lanzados al mar: tal vez no era yo el destinatario, ni tampoco era el momento de descifrarlo.

Muchas veces he devuelto objetos olvidados en las habitaciones de un hotel, billeteras, teléfonos celulares, incluso un consolador, pero aquella vez decidí no reportar el hallazgo y me llevé el libro al finalizar mi estadía.

Hace unos días, en una tarde apacible, hojeando nuevamente el libro, me encontré con aquel manuscrito olvidado, el papel parecía más amarillo pero la tinta mantenía su tonalidad azul, indiferente al paso del tiempo. El mensaje parecía cobrar vida frente a mis ojos, pero esos trazos, que parecían pequeños dragones se resistían a ser interpretados.

Se me ocurrieron muchas conjeturas acerca del mensaje, como la de contener un secreto y ser lanzado al mar universal con la esperanza de que tal vez nunca sea leído, o que, si lo es, el lector no tenga el contexto real de la historia, lo que le añadía un toque muy humano al hecho. O como una forma de desahogo o confesión sin las consecuencias inmediatas que esto implica. Lanzar un mensaje al océano de la incertidumbre, en este caso dentro de las hojas de un libro, permite a la persona que lo hizo liberar sus pensamientos más profundos, sus esperanzas y temores, sin preocuparse por el juicio o la reacción de alguien cercano. Una catarsis, un espacio seguro para compartir sin reservas, donde el destino y las circunstancias se convierten en el confidente ideal.

Aunque debo reconocer que es una terapia en proceso de extinción, como los unicornios azules, pues ahora existen las redes sociales, ese inmenso vertedero virtual.

Con cierta dificultad, pero después de todo pude descifrar el contenido del manuscrito. Era la confesión de un psicoanalista, que más que describirla se lamentaba por una de sus pacientes, una mujer cuyo nombre se negaba a revelar. Una prestigiosa cirujana del corazón, atrapada en una existencia que ella misma llamaba una farsa. Su verdadera vida, decía, no comenzaría hasta que pudiera abandonar su rol de médico. A pesar de ser excepcional en su campo, su verdadera pasión residía en escribir, pintar y componer música, artes que la vida moderna y su agitada profesión no le permitían desarrollar plenamente. Describía con tristeza cómo esta mujer ejecutaba su papel público con maestría (ni siquiera fingiendo podía permitirse ser mediocre), sacrificando las genialidades con las que había sido dotada. Le diagnosticaba con el mal del siglo: matar el Ser, por tener y parecer.

Me quedé turbado. Realmente esta reflexión, escrita hace más de quince años, se adelantó a nuestros tiempos. El ritmo acelerado de la vida moderna nos ha convertido en actores de papeles, con soundtrack incluido, por los que muchas veces nos alzamos la codiciada estatuilla. Casi todos pasamos por este mundo sin llegar a Ser quienes verdaderamente deseamos Ser, atrapados en la rutina y en la búsqueda constante por parecer eso que reflejamos en la sociedad, más que de Ser.

En la noche, teniendo como música de fondo el canto de las Cigarras, mientras el fuego consumía aquella hoja amarillenta, no pude evitar sentir una profunda empatía por esa mujer desconocida, su vida no vivida, los sueños postergados y sus pasiones ocultas.

Ah, me olvidaba, el autor del mensaje en la última línea del manuscrito escribió:

P.S. “Al final, los verdaderos lujos son el tiempo, la salud, la buena compañía, la mente tranquila y la libertad de elegir lo que carajos quieras hacer”.

En esto también se adelantó a su tiempo, pues esta es una frase muy común y bastante difundida en Instagram, Tik Tok y YouTube.