Cajón de sastre – Músicos, jueces, pentagrama, códigos

Segundo Florencio Jara Peña Parece parte de una aterradora cotidianeidad que los diarios publiquen noticias sobre feminicidios que ya no sorprenden. Una mordió mi atención. Decía, la noticia, que luego de más de tres años de un juicio de divorcio una magistrada había desestimado la demanda de divorcio iniciada por una mujer debido a que…

Segundo Florencio Jara Peña

Parece parte de una aterradora cotidianeidad que los diarios publiquen noticias sobre feminicidios que ya no sorprenden. Una mordió mi atención. Decía, la noticia, que luego de más de tres años de un juicio de divorcio una magistrada había desestimado la demanda de divorcio iniciada por una mujer debido a que una de las causales alegadas, que había sido la base de la demanda de divorcio, había caducado y las otras no se habían probado. El mismo día que se dictó la sentencia, el hombre agredió salvajemente a la mujer hasta matarla, pues seguían viviendo bajo el mismo techo, como si todo lo sucedido en el juicio no hubiera sido suficiente para separar sus vidas, no obstante que la occisa había solicitado medidas de protección con la esperanza de que la justicia le brindara al menos una pequeña esperanza de seguridad, pero la respuesta del sistema de justicia llegó tarde.

Mi pantagruélica curiosidad, que no se satisface fácilmente, me llevó a investigar qué había detrás de esta noticia, pues desde mis épocas de estudiante yo era de la idea de que bajo ninguna justificación se debería desestimar una demanda de divorcio por causales, sobre todo cuando las baterías de ambos bandos han lanzado fuegos tan encarnizados que han abierto heridas incurables, han dejado mutilados de guerra. 

En efecto, mi intuición había acertado, los enfrentamientos verbales entre ambos cónyuges habían sido tan salvajes como para hacer temblar los muros del juzgado. Pero a la jueza no le importó la magnitud de las ofensas lanzadas, ni la gravedad de los insultos que parecían más un ajusticiamiento social que un simple desencuentro matrimonial. El hombre acusaba a su mujer de ser una puta que se acostaba con cualquiera, que era “desaseada hasta en sus zonas genitales”, un ataque cruel, humillante, que llegó a salpicar la integridad de su esposa en público (ofensas rebotadas en las redes sociales). Mientras tanto, la mujer respondía a su esposo con acusaciones que lo dejaban mal parado como macho, cuestionaba su virilidad, lo tildaba de impotente, de incapaz de satisfacerla. En el fragor de ese fuego cruzado, la guerra llegó a los terrenos más sombríos de la vida privada. Si antes del juicio solo había algunas diferencias, ahora la enemistad ya resultaba irreconciliable, estas dos personas ya no podrían haber vivido juntas nunca más.

Este hecho no solo expuso la vulnerabilidad de la mujer, sino también las fallas del sistema judicial. Ante un caso como este, si la ley no ve lo evidente se tiene que recurrir al sentido común, el más común de los sentidos humanos.

Todo esto me llevó a pensar, solo en mi desbocada fabulación por supuesto, que a los jueces los preparan en la misma forma que a los músicos: que su formación está basada en la aplicación mecánica de las normas, en el estudio profundo de un lenguaje codificado, de símbolos y notas que deben ser interpretados con precisión. En este escenario, los jueces se asemejan a músicos de una orquesta sinfónica. Se entrenan para leer el pentagrama legal, cada línea y cada espacio, siguiendo una estructura rígida que no admite improvisaciones. El juicio es el escenario, y la ley, la partitura. Todo está dispuesto para que las decisiones se toquen con la misma meticulosidad que una sinfonía bien ejecutada. En el estricto orden de sus despachos fríos, con trajes oscuros, peinados de gomina con raya al costado y rostros impasibles, los jueces se presentan como intérpretes de una partitura legal preestablecida.

Pero no todos los músicos se limitan a seguir las reglas. Hay quienes, dentro de esa misma estructura, logran trascender. Aquellos que, sin desafinar, logran interpretar las melodías a su manera, que se atreven a componer nuevas armonías sin perder la esencia de la partitura. Estos músicos se alejan de la mediocridad, de la repetición sin alma. No son meros recitadores de notas. Son artistas. Y su arte no se reduce a ejecutar lo escrito, sino a dar vida a lo que muchos llamarían “libertad dentro de la estructura”. Los hay incluso aquellos que componen de manera autodidacta, sin estudios formales de música. Y lo irónico es que los grises del montón, los que no rompen el pentagrama, los acompañarán en sus acordes. Ahí están los riffs de Angus Young con Back in Black, o Mark Knopfler con Sultanes del Swing, con bandas sinfónicas a sus espaldas.

Creo que lo mismo ocurre con los jueces, aunque cueste reconocerlo. Muchos de ellos, como músicos disciplinados, se limitan a seguir las reglas, las leyes, los códigos que se les imponen. Y no está mal. Después de todo, la ley tiene como propósito mantener el orden, dar justicia de manera estructurada y predecible. Pero, muchas veces esas estructuras se convierten en camisas de fuerza, cuando un juez se limita a recitar la ley sin detenerse a observar el contexto humano que lo rodea. En el feminicidio que inicia este relato la jueza aplicó la ley como un músico que toca su partitura sin permitir que el flujo de la música le inspire nada más. No consideró que más allá de las letras frías de las leyes, el problema que tenía enfrente eran dos vidas humanas.

Sin embargo, al igual que los músicos, también hay jueces que no solo recitan leyes como una pieza repetida y exacta, existen intérpretes singulares, compositores con sindéresis que, sin desentonar (entendiendo que desentonar sería prevaricar), transforman la rigidez de la ley en una solución más humana y sensible. Un juez que no solo aplica la letra de la ley, sino que entiende la música del contexto que lo rodea y que ve más allá del juicio técnico. Este tipo de jueces no se limitan a ser meros recitadores de normas, se convierten en intérpretes de la justicia, capaces de hacer una pausa en la partitura cuando es necesario, de improvisar, de escuchar los silencios que dicen más que las palabras. Los jueces, al igual que los músicos, no están destinados a ser autómatas del pentagrama legal, creo que su rol va más allá de recitar lo que está escrito. Están llamados a ser intérpretes del orden social, a componer una armonía entre la ley y la realidad, a encontrar soluciones justas sin desentonar (léase sin prevaricar), pero con la capacidad de reconocer cuándo la norma no basta para alcanzar la justicia plena.

Un caso exactamente igual al del feminicidio fue resuelto, hace muchos años atrás por un juez de una provincia apurimeña, disolviendo el vínculo matrimonial de los cónyuges que se habían intercambiado denuestos encarnizadamente ofensivos. En un proceso penal se absolvió por usurpación a la propietaria que desalojó por cuenta propia a un inquilino moroso, no obstante que la ley dice que el bien jurídico a discutirse es la posesión.

Estos son jueces que ven más allá del pentagrama y encuentran melodías más excelsas al ejecutar el repertorio, uno de estos habría evitado el asesinato de la mujer, su capacidad para comprender la situación y de aplicar una justicia sensible habría hecho la diferencia.