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Cajón de sastre: Kennedy y el Efecto Mariposa (o cómo me hice abogado)

Autor: Segundo Florencio Jara Peña Si hay un tema que nunca me aburre es sobre el asesinato de J. F. Kennedy. He visto películas, leído libros históricos, distópicos (el de Stephen King me parece uno de los mejores, combina el efecto mariposa e historia), incluso desopilantes a más no poder (como el de Manuel Vázquez…

Autor: Segundo Florencio Jara Peña

Si hay un tema que nunca me aburre es sobre el asesinato de J. F. Kennedy. He visto películas, leído libros históricos, distópicos (el de Stephen King me parece uno de los mejores, combina el efecto mariposa e historia), incluso desopilantes a más no poder (como el de Manuel Vázquez Montalván: “Yo maté a Kennedy”). Algunas veces me asalta una pregunta que es más bien un vértigo: ¿Qué habría pasado si John Fitzgerald Kennedy, aquel 22 de noviembre de 1963, hubiera abordado la limusina presidencial con la capota puesta? La historia, esa dama de gesto impasible, habría tomado otro sendero. Quizá el séquito de sombras que rodea aquel magnicidio (las comisiones, las teorías razonables y conspiracioncitas, los nombres malditos) se habría disuelto en la nada. Pero, lamentablemente ese día en Dallas estaba esplendoroso, un cielo de un azul casi obsceno, y los miembros del servicio secreto decidieron que el presidente debía ser visto. Y el resultado, como un verso trágico de una balada antigua, es por todos conocido.

A esto se denomina el Efecto Mariposa: el aleteo insignificante de un insecto en Brasil puede, a través de una cadena de causalidades inescrutables, desatar un tornado en Texas. Pero, en realidad se trata de una intuición tan antigua como el miedo mismo: lo más mínimo puede alterar lo máximo. Es el determinismo sin deidad, un universo de billares cósmicos donde tus acciones generan consecuencias, pero donde jamás sabrás qué silueta habría tenido el destino de no haberlas llevado a cabo.

Fenómeno o sandez, sea como fuere, hay fuerzas misteriosas, tozudas, que intervienen en algunos acontecimientos con tal contundencia que casi te convencen de que la vida de los hombres no es más que un guion ya escrito, una partitura que interpretamos a ciegas.

Esto me trae a la memoria, no un tornado en Texas, sino un remolino de polvo en el Cusco, un suceso extraño que marcó el rumbo de mi propia existencia cuando empezaba a estudiar para abogado.

Como alguna vez relaté, el decano de la facultad me había hecho firmar una matrícula condicional. Era un ultimátum académico: si no aprobaba determinados créditos ese semestre me retirarían de la facultad. En realidad, estudiar Derecho es muy fácil, claro, si te reduces a ser un notario del pensamiento ajeno, si lees tus manuales y repites como un loro todo lo dicho allí. La vaina era que mi vocación, una llamada insistente y vergonzante, estaba en otro lado. En la escritura. Solo que no tenía los pantalones, ni el oro de los conquistadores, para mandar todo al diablo e irme, como hicieron los grandes escritores, a buscar las luces en Europa, porque estaba convencido de que el talento no viene al encuentro si tú no lo buscas. Así es que, en esa etapa, daba bastonazos de ciego, tanteando las paredes de un laberinto que no era el mío.

Pues bien, ese semestre en el que se jugaba mi destino estábamos inmersos en los exámenes finales. En vísperas del más importante, Introducción al Derecho, unos amigos me dijeron, con la urgencia de quien anuncia un milagro, que un librero me andaba buscando. Hice memoria y corrí al Correo, que en esa época funcionaba, con una dignidad aristocrática, en la avenida El Sol. Y allí, en un casillero, me aguardaba una carta lacónica. Era de un editor de Lima. No confirmaba nada, pero su prosa contenía un halago velado: le gustaría ver algunos trabajos míos porque planeaba publicar una antología con narradores de provincias y aprovecharía su viaje al Cusco para reunirnos.

La noticia me electrizó. No podía creerlo. Aparecer en un libro. Aunque ya había publicado uno que otro relato en revistitas estudiantiles (hojas mimeografiadas efímeras que morían pisoteadas en los patios de la universidad), un libro era otra cosa. Era la consagración, el ingreso a las ligas mayores. Entonces, con el corazón tronando como un solo de batería de Phil Collins en “In the air tonight”, fui a buscar al emisario que cambiaría mi destino. Me habían dicho que estaba por San Blas, en casa de unos amigos. Al llegar, me encontré con una juerga de padre y señor mío. Antes de entrar, lo vi a través de la ventana: sentado, con un trajecito formalón y un bigotito recién cortado, como un funcionario de una república burocrática.

Recuerdo que me invadió una timidez cerval. Ensayé mentalmente una serie de discursos desde los más grandilocuentes hasta los más improvisados guiones para abordarlo, pero las palabras se me enredaban. La oratoria nunca fue mi don. Al final, entré. Pero la música estridente y los gritos ahogados de mis amigos, ebrios de una felicidad simple, convirtieron cualquier conversación en un forcejeo contra el estruendo. Frustrado, decidí que, si el destino me ponía una juerga en el camino, yo me bebería la juerga. Me senté y me puse a beber, mandando al carajo el examen del día siguiente con una lógica de borracho genial: como había sacado 16 en el primer examen y un mísero 4 en el segundo, decidí, en mi ebria arrogancia, sustituir mentalmente el suspenso, confiando en que sacaría un 17 en el final. Así aprobaría el curso y mi estancia en la universidad quedaría asegurada. Era la matemática alucinada de quien cree poder domar el azar.

Ya en la madrugada, cuando el alcohol había hecho estragos y disuelto los últimos restos de mi nerviosismo, pude por fin acercarme al librero. Grande fue mi sorpresa cuando el hombre, con una sonrisa comercial, me aclaró que su nombre no era el del remitente de la carta. Se llamaba Óscar Araujo y su negocio no era publicar las ilusiones de jóvenes provincianos, sino vender enciclopedias pagaderas en cómodas cuotas mensuales. Estaba en el Cusco reclutando vendedores. Ante aquel desengaño monumental, ante el derrumbe de mi castillo de naipes, solo atiné a reírme a carcajadas.

Al día siguiente, con la cabeza martilleando y el estómago en rebelión, fui a rendir el examen. No había estudiado ni una línea de la parte que había desaprobado. Confiado ciegamente en mi delirio etílico, rendí la parte que ya conocía, esperando el 17 redentor. Fue un acto de fe en mi propia insensatez.

Cuando, después de muchas ausencias, regresé a mi cuarto, una vecina me informó que había venido a buscarme un señor de Lima, que dijo ser un editor. El mundo se detuvo un instante. El verdadero editor había estado allí, mientras yo andaba de juerga.

Una semana después, con el ánimo por los suelos, fui a la universidad a enfrentar mi sentencia. Y entonces, ocurrió el milagro absurdo, la intervención tozuda de ese determinismo ciego: había aprobado Introducción al Derecho con 16. Era imposible. Una aberración académica. Salvo que el docente, un hombre al que imagino con la obstinación de un dios terrenal que se empeña en que su creación siga el plan trazado, creyó que debía sustituir mi 4 por el 16 del último examen. Es decir, había juntado dos notas de la misma parte del curso, un acto tan ilógico como compasivo. O tal vez no se había percatado de este pueril error. La vida, o lo que la gobierna, había delimitado mi papel a toda costa: yo sería abogado, no escritor.

El efecto mariposa. El aleteo de una carta malinterpretada, de una juerga inoportuna, de un librero de enciclopedias, de un profesor que erró la suma, generó el tornado que arrasó con mi vocación y cimentó mi profesión.

Entonces, cada vez que aparece Kennedy en mi campo de visión o en mi mente, la pregunta que en seguida se abre paso es: ¿Qué habría pasado si el docente no se hubiera equivocado al calificarme? ¿O si, en lugar de tirarme esa borrachera, hubiera estado en mi cuarto para recibir al verdadero editor de Lima?

En fin, es inútil saberlo. Aunque uno termina creyendo que, acaso, la capota del destino nunca estuvo destinada a ser puesta.