Cajón de sastre

Entre abogados te veas (Parte II) En mi última estancia en el Cusco caminé durante horas por sus calles empedradas, donde lo andino y lo colonial no se yuxtaponen, sino que se funden en una cotidianidad que parece resistirse al tiempo. Agotado, finalmente tomé un taxi que me llevaría de regreso a donde me alojaba.…

Entre abogados te veas (Parte II)

En mi última estancia en el Cusco caminé durante horas por sus calles empedradas, donde lo andino y lo colonial no se yuxtaponen, sino que se funden en una cotidianidad que parece resistirse al tiempo.

Agotado, finalmente tomé un taxi que me llevaría de regreso a donde me alojaba. Era un auto moderno. El conductor, de rostro ancho y pómulos altos, que parecía salido de una crónica de Guamán Poma, manejaba en silencio. De la radio surgió una melodía que me golpeó con la fuerza de un reconocimiento involuntario. Era un huaino, pero no uno cualquiera; su cadencia chumbivilcana me transportó de inmediato a los altavoces de Radio Tawantinsuyo, aquella que en mis años universitarios transmitía desde el corazón del Qosqo y nos recordaba que el país era más ancho y más profundo que los códigos que memorizábamos.

La letra, en un quechua coloquial salpicado de español, narraba un conflicto vecinal: el robo de un cuy por parte del “compadre Mateo”. La reacción del agraviado, inmediata y fervorosa, era un grito de guerra cotidiano: “¡Juicio, carajo!”. La escena que pintaba la canción era de una precisión antropológica devastadora: el campesino llegando donde el letrado, esperando tal vez justicia o reparación, pero recibe, como primer mandamiento, la exigencia de dinero: “Trae mucho dinero, vende tus ganados”, le ordenaba el abogado. El desenlace era un lamento existencial: “Por eso quisiera quitarme la vida”. La composición tenía, es cierto, la ironía y el humor ácido del arte popular, que envuelve la verdad más cruda en un ritmo bailable. Pero bajo su aparente ligereza, yo escuchaba una protesta social de una claridad meridiana: una denuncia no solo contra el profesional individual, sino contra todo el entramado institucional y económico que transforma la búsqueda de justicia en un viacrucis ruinoso.

Había olvidado ese episodio, archivándolo como una anécdota pintoresca más de mis viajes, cuando, al día siguiente, tomé un auto compartido con destino a Abancay. El vehículo avanzaba velozmente por la carretera que serpentea sobre los abismos. A mi lado, dos hombres ocupaban el asiento. El primero, de unos cincuenta años. Su español era entrecortado, trabado por la sintaxis rebelde de su quechua materno, que asomaba en cada conjugación y en la cadencia de sus frases. El otro era más joven, la piel curtida por un sol más fuerte que el de la ciudad, las manos marcadas por un trabajo que no era de oficina.

El viejo pasó gran parte del viaje hablando por teléfono. Su conversación, a medias en español, a medias en quechua, era un documento vivo de un proceso judicial en curso. Iba a Andahuaylas para una audiencia que calificaba de “muy importante”. Por los fragmentos que pude reconstruir, se trataba de un divorcio con causales donde se habían embargado varios vehículos. En una llamada posterior, dirigida a un interlocutor cercano, su voz bajó de tono, adoptando una seguridad casi victoriosa: que no se preocuparan, que no solo había contratado a los mejores abogados, sino que ya había “hablado” con el abogado de su exmujer. El juicio, aseguraba, estaba ganado. El costo de esa seguridad, sin embargo, quedó al descubierto en una frase casual y terrible: había tenido que vender una casa que poseía en Camaná para pagar los honorarios de “los picapleitos”. La palabra, despectiva y popular, resonó en el aire viciado del auto como un veredicto en sí mismo.

Aturdido por el calor y el vaivén del camino, cerré los ojos. Entonces, la tonada del huaino del compadre Mateo regresó a mi memoria, nítida e implacable. La realidad, pensé con un asomo de cansancio intelectual, no solo imita al arte, sino que, con frecuencia, lo supera en crudeza y en absurdo. Busqué refugio en un sueño ligero, interrumpido por punzadas en el estómago, hasta que la voz del joven me devolvió a la conversación.

El muchacho, con una curiosidad propia de los viajes largos, le preguntó al viejo a qué se dedicaba. Éste, con orgullo, explicó que se había hecho de un capital instalando y manteniendo sistemas de pozos de agua. Luego, fue el turno del joven. Contó que, hacía ocho años, había regresado a su pueblo, Curpahuasi, en la remota provincia de Grau. Su padre, antes de morir, había realizado el reparto de sus tierras entre todos los hermanos. A él le habían correspondido los terrenos más pobres, eriazos, que solo reverdecían fugazmente en época de lluvias. Pero él, testarudo, decidió desafiar la sentencia del suelo. Aplicando la tecnología (justo el área en el que el viejo era experto), instaló un sistema de bombeo para elevar agua desde un río cercano, salvando un desnivel de novecientos metros. Tras años de esfuerzo solitario, logró fertilizar esas hectáreas de pendiente y sembró paltos. La calidad de su fruto fue tan excepcional que llamó la atención de exportadores de Ica, quienes le compraban sus productos.

“Todo iba bien”, dijo, y en su voz se coló un dejo de amargura premonitoria. “Hasta que mi hermano, asesorado por un abogado de mala leche, inició una demanda para anular la designación de mi padre”. La paradoja era cruel: el éxito económico, fruto de su trabajo, había despertado la codicia y la litigiosidad. Su abogado, confesó, le había cobrado el equivalente a toda la cosecha del año anterior. “¿Qué le voy a hacer?”, se preguntó, retóricamente. “No tengo alternativa. Estos últimos años siento que no he trabajado para mí, sino para sostener a los abogados”.

En ese instante, mi malestar físico se mezcló con una profunda desazón profesional. Los dramas que tenía al lado, vivos y respirando, reducían la anécdota del cuy robado a la categoría de fábula menor. Aquí no había un robo simbólico, sino el despojo sistemático del esfuerzo, la fractura de familias y la conversión del derecho en un mecanismo de desgaste financiero. Y yo, abogado, escuchaba en silencio. No sabían que yo conocía no solo los códigos legales, sino también los Códigos de Ética de los colegios de abogados, esos documentos que, con prosa grandilocuente, proclaman para el siglo XXI un ejercicio profesional purificado. Que hablan de abandonar la “cultura del litigio” para abrazar el papel de “servidor de la justicia”. Que enuncian, como deber supremo, la defensa de los derechos de sus patrocinados observando las leyes. Que se llenan la boca con frases sobre “agentes de cambio que transforman realidades y construyen un futuro más justo”. En ese momento, escuchando las voces ásperas y los problemas concretos de mis compañeros de viaje, todas esas frases me sonaron a lo que quizá siempre fueron: una retórica vacía, una monserga bien intencionada que resuena en ceremonias de aperturas o en congresos académicos, pero que se disuelve como humo al contacto con la realidad áspera y compleja de los juzgados, donde la justicia suele medirse en plazos, en costos y en la habilidad para navegar un sistema laberíntico.

El sueño, pesado y lleno de ecos, me venció. Cuando desperté, hacía rato que habíamos llegado. El asiento a mi lado estaba vacío. No había rastro del hombre de los pozos ni del joven agricultor de Curpahuasi. Solo el conductor, a quien le pagué el pasaje. Dudé por un segundo. ¿Había soñado toda la conversación? Desde la radio del auto fluía la melodía dulce de Rosita de Espinar. La canción hablaba de amores y despedidas, de un mundo más simple. Bajé del auto, con el cuerpo entumecido y la mente en confusión. El dolor de estómago, significativamente, había desaparecido.

Y mientras caminaba por aquella ciudad que alguna vez fue escenario de las novelas de Arguedas, me pregunté si todo aquello no habría sido un sueño, una elaboración onírica a partir del cansancio y del recuerdo lejano de aquel huaino irónico.

Pero luego, al llegar a la plaza Micaela Bastidas y ver los modestos letreros de dos bufetes, uno de ellos de un amigo mío, supe que no. No era un sueño. Era, simplemente, la crónica cotidiana e invisible de un país donde el derecho, con demasiada frecuencia, deja de ser un faro para convertirse en otro de los muchos riesgos que debe sortear quien solo busca lo que le corresponde.