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Elecciones 2026: democracia al borde del colapso
Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera, Past Decano del Consejo Regional de Ica Colegio de Periodistas del Perú. Es difícil decirlo, pero, tenemos que hacerlo: El Perú se aproxima a un nuevo proceso electoral en medio de una crisis de representación política, la más profunda de su historia republicana. No se trata solo de descontento ciudadano…

Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera, Past Decano del Consejo Regional de Ica Colegio de Periodistas del Perú.
Es difícil decirlo, pero, tenemos que hacerlo: El Perú se aproxima a un nuevo proceso electoral en medio de una crisis de representación política, la más profunda de su historia republicana. No se trata solo de descontento ciudadano ni de un rechazo pasajero a los partidos políticos: estamos frente a un sistema electoral saturado, desordenado y desconectado de la ciudadanía, donde el voto ya no expresa esperanza, sino frustración y resignación.
Con más de 30 partidos políticos inscritos, decenas de candidatos presidenciales y cientos de postulantes al Congreso, el proceso electoral se ha convertido en una feria de candidaturas, sin filtros reales de idoneidad, solvencia técnica ni compromiso democrático.
El resultado es evidente: ningún candidato presidencial supera hoy el 12% de intención de voto, mientras que el voto blanco, nulo, viciado o indeciso alcanza cifras alarmantes que bordean entre 35% y 50% del electorado; la gente ya no cree en nadie y esto no es pluralidad. Es desorden. Esto no es democracia fuerte. Es una democracia agotada.
Una Primera Vuelta sin legitimidad
Si las elecciones fueran hoy, la primera vuelta no produciría un liderazgo claro, sino apenas dos candidatos con respaldos mínimos que pasarían a una segunda vuelta con porcentajes históricamente bajos: Primer lugar, entre 10% y 14%. Segundo Lugar, entre 8% y 12%. Es decir, ninguno representaría siquiera a dos de cada diez peruanos. No serían ganadores políticos, sino sobrevivientes de un sistema colapsado.
Segunda Vuelta: elegir al “mal menor”
En una eventual segunda vuelta, el voto no será una afirmación, sino una negación. El electorado no votará “por” un proyecto de país, sino “contra” el otro candidato. Bajo este escenario, el ganador podría obtener entre 52% y 56% de los votos válidos, pero ese porcentaje, al ser contrastado con el padrón electoral total, equivaldría apenas a 30% o 35% de los ciudadanos habilitados para votar.
Este no es un detalle técnico: es una crisis de legitimidad de origen. El próximo presidente asumirá el poder con una base social frágil, sin consenso nacional y con un país profundamente dividido, y -en la vida real- solo será respaldado por 3 de cada 10 peruanos. Gobernará sin mandato claro, con un Congreso fragmentado, débil y lleno de intereses.
El peligro real
La democracia no se rompe con un golpe. Se destruye cuando: el pueblo vota desinformado, las autoridades electorales miran al costado, los partidos políticos se convierten en vientres de alquiler y el poder se gana con minorías. Ese es el caldo de cultivo del autoritarismo, el populismo y el desgobierno.
¿Quién es el responsable?
Autoridades electorales que solo organizan elecciones, pero no educan. Partidos Políticos que mercantilizan la democracia. Una clase política mediocre que vive de la improvisación y una ciudadanía cansada, pero aún silenciosa.

La democracia peruana no está en riesgo por fraude electoral, sino por debilidad estructural y abandono institucional. Una democracia donde la mayoría de ciudadanos no confía en los candidatos, no entiende cómo funciona el voto congresal, desconoce las propuestas y vota por descarte, miedo o costumbre. Estamos en una democracia formal, pero frágil, expuesta al populismo, al autoritarismo y a la confrontación permanente entre poderes del Estado.
El tiempo se agota
El Perú no enfrenta solo una elección más. Enfrenta la posibilidad real de seguir normalizando gobiernos débiles, Congresos caóticos y una democracia cada vez más distante del ciudadano. Si no se corrige el rumbo ahora, el país elegirá nuevamente a autoridades sin legitimidad social, sin capacidad de gobernar y sin respaldo ciudadano, alimentando el circulo vicioso de la inestabilidad.
La democracia no cae de un día para otro. Se erosiona cuando la gente deja de creer en ella. Y hoy, peligrosamente, el Perú está al borde de ese punto.

