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Vacancia: cuando el poder gana y el país pierde
Se avecina una gran crisis, un gobierno de transición de José Jerí que no actúa. No protege al trabajador, no facilita la formalización y tampoco deja un plan sólido para la siguiente administración. La misión es clara y peligrosa: dejar pasar y dejar venir, mirar al costado mientras el país se hunde en la informalidad,…

Se avecina una gran crisis, un gobierno de transición de José Jerí que no actúa. No protege al trabajador, no facilita la formalización y tampoco deja un plan sólido para la siguiente administración. La misión es clara y peligrosa: dejar pasar y dejar venir, mirar al costado mientras el país se hunde en la informalidad, la pobreza urbana y la desesperanza que crece y crece cada día más en el país.
Pero el riesgo no termina ahí. En medio de esta parálisis ronda una amenaza mayor: la frágil estabilidad del presidente, cercado por un Congreso desacreditado que no busca corregir el rumbo político, sino que quiere asaltar una vez más el poder; busca conseguir la vacancia de José Jerí por haber cometido una “disfrazada” reunión secreta con un empresario chino, agravando de esta manera la desconfianza ciudadana.
Nuestro Perú se encuentra nuevamente al borde de una vacancia presidencial por el Congreso. No es un hecho aislado ni una sorpresa: es la consecuencia de una crisis política prolongada, alimentada por la mediocridad, la ambición y la ausencia de un verdadero proyecto nacional.
Pero, ante este escenario cabe una pregunta que el país debe hacerse con urgencia y sin ingenuidad: si se produce una vacancia, ¿quiénes ganan y quiénes pierden, realmente?

Cada vacancia no solo derriba a un presidente: también erosiona la institucionalidad, normaliza la excepcionalidad y convierte la política en un campo de batalla permanente. El mensaje es devastador: Ningún gobierno dura, ninguna regla se respeta y ningún voto es realmente decisivo.
La vacancia no está resolviendo la crisis política; la está profundizando. Cambiar de presidente sin cambiar el sistema, sin limpiar el Congreso, sin reformar la relación entre poderes, es repetir el mismo error esperando resultados distintos. Es una irresponsabilidad histórica.
El Perú no necesita otro presidente débil, ni otro gobierno impuesto desde el Parlamento, así como otro capítulo de improvisación. Necesita estabilidad, reglas claras y autoridades que entiendan que el poder es servicio y no botín.
Hoy más que nunca, el país debe abrir los ojos. La vacancia puede beneficiar a unos pocos, pero condena a millones. No es una solución: es parte del problema.
La historia lo demostrará una vez más. Y, como siempre, la factura la pagará el ciudadano común, mientras los responsables se esconden detrás de discursos legales, ideológicos o moralistas que ya nadie cree.
El país vive atrapado en un ciclo perverso: presidentes débiles, gobiernos improvisados, corrupción y una confrontación permanente entre poderes del Estado. El resultado es el mismo: la ingobernabilidad, desconfianza y retroceso.
Cualquier persona sin experiencia en gestión pública, sin un plan serio y sin solvencia ética comprobada puede aspirar a la presidencia. No hay exigencias mínimas y tampoco hay responsabilidad política posterior.
Esta farsa política solo la paga el ciudadano de a pie, el trabajador informal, el joven sin empleo, la familia empobrecida. Abramos los ojos. Así es como hoy se vive la política en el país
