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Mi aliso, minutos de paz

Luis Edgardo Figueroa Montes, Médico patólogo clínico. Director de Medicina del Laboratorio, www.medicinadellaboratorio.com A las 4:30 am, el llamado de mi abuelo -en el cuarto de al lado- me pide que me levante para iniciar nuestra rutina. Aún oscuro y con frío logro vestirme con mi jean y chompa, además de calzarme con mis botas…

Luis Edgardo Figueroa Montes, Médico patólogo clínico. Director de Medicina del Laboratorio, www.medicinadellaboratorio.com

A las 4:30 am, el llamado de mi abuelo -en el cuarto de al lado- me pide que me levante para iniciar nuestra rutina. Aún oscuro y con frío logro vestirme con mi jean y chompa, además de calzarme con mis botas de lluvia para que el rocío no me moje el pantalón. Camino hacia la puerta en el segundo piso y el rechinar de las maderas del entablado en el suelo me recuerdan que será un día largo e intenso. Bajo al primer piso y salgo de mi casa con mi lampa y soga, acompañado de mi abuelo.

Iniciamos el descenso por el callejón central empedrado del pueblo hacia nuestra chacra Tenería, para desyerbar un pequeño sembrío de papas y habas, cuidándolas para la próxima cosecha. Empieza a amanecer y una hermosa mañana vaticina aventuras y mucho trabajo.

En promedio, a las 6:00 am mi abuelo me pide llevar al pueblo a los 5 becerros para que mi abuela ordeñe a las vacas y podamos obtener la deliciosa leche. Él siempre me decía «Nunca subas al pueblo sin algo en las manos»; por esa razón, con mi soga hice un atado de leños de eucalipto para nuestra cocina y al paso de mis becerros los llevaba para que disfruten de la compañía de sus madres.

Llego y las vacas empiezan a realizar sus mugidos al ver a sus becerros, ansiosas para lamerlos y sentir su calor. Mi abuela espera con sus baldes y soga para el atado de las patas traseras de las vacas e iniciamos la rutina del ordeñado. Sale la leche fresca, pura y caliente, lista para ser preparada y obtener futuros quesos que acompañan nuestras comidas.

Prendemos los leños en la cocina e iniciamos la preparación del desayuno. Sancochamos algunas papas, tostamos trigo y maíz, preparamos un delicioso sango de trigo al estilo ayacuchano; además de hervir la deliciosa leche. Siendo las 8:00 am tomamos nuestro desayuno andino, mis abuelos y yo. Conversamos algunos temas de interés y a las 9 am. me piden que lleve el ganado a la chacra para que se alimenten con su rica alfalfa.

Mi abuela me prepara un exquisito refrigerio para la mañana y llevo mi soga, allachu y manto para la faena del día, además de mi infaltable sombrero. Llego a mi corral, sale todo el ganado: toros, vacas, terneros y becerros. Sobre mi caballo color caramelo llamado «Azabache», montado a pelo los arreo y llegamos a la chacra Condorillo para que empiecen a palotear la alfalfa y luego disfrutar de bocados plenos con sus flores moradas, y algunas aún con el rocío matutino.

Mi abuelo decía «A pesar de estar atajando al ganado, debes estar haciendo algo siempre»; por esa razón con mi allachu retiraba el Kikuyo que asfixia las raíces del alfafar. Y así, atajando el ganado y matando el kikuyo se pasaba el día. A veces comiendo las gomas de las semillas tiernas de Tara o jugando con los acatanjas. Llegado el mediodía, mi abuelo me pide que retire el ganado al río para que descansen un rato y pueda digerir su alfalfa para su proceso de rumiación y aprovechar en subir al pueblo en almorzar y traerle su merienda. Otra vez con un palo de eucalipto en mi hombro, realizo el ascenso.

Mi abuela me recibe con un delicioso almuerzo. Una sopa caliente con leche, legumbres, paico y queso, además de un segundo con picante de trigo y vegetales. Termino, presuroso para llevarle su almuerzo a mi abuelo, quien me espera en la chacra. Termino y una portavianda caliente de porcelana me esperaba para ser llevada. Otra vez realizo el retorno a la chacra. Mi abuelo debajo de un aliso me recibe para almorzar.

Y al fin, cerca de las 2:00 pm, debajo de mi aliso donde yace una enorme roca lisa, procedo a recostarme y me llegan muchos «minutos de paz». Al cerrar mis ojos y exponer mis sentidos, siento la brisa del aire, el trinar de las aves, la fragancia de las flores, la sombra que pelea con la luz del sol a través de las hojas del aliso. Mis pensamientos y mi paz interior me abrazan de un modo etéreo.

Concluido el descanso en esa breve siesta, el ganado espera ansioso retornar a su alfalfar para seguir disfrutando de su forraje fresco. Y así cuando sol empieza a ocultarse, mi abuelo indica que retorne el ganado al corral en el pueblo para el día siguiente. El, mi abuelo, en forma diestra separa a los becerros de sus madres y los lleva a un corral pequeño, para ser llevados al día siguiente. Retorno montado en Azabache por el río chico hacia el pueblo, arreando el ganado para dejarlo en su corral donde descansarán hasta el próximo día, para su eterna rutina: ellos deben alimentarse feriados y domingos, el ganado se cuida todos los días, todo el año.

Ya cerca de las 4:00 pm es hora de encontrarse con los amigos para disfrutar de un partido de futbol, estar con ellos disfrutando de su compañía y tertulias es emocionante. Cerca de las 6:00 pm, al abrazarnos el atardecer, retorno a mi casa para una cálida cena acompañado de la luz tibia de una lámpara de kerosene de vidrio. Nuestros rostros se dibujan en la noche, hablamos de los acontecimientos del día y programamos nuestra próxima rutina. Con suerte un invitado narra algún cuento regional que inspira a nuestra imaginación.

Terminada la cena, cerca de las 7:00 pm, nuestras camas nos esperan para descansar de la exigente jornada. Otra vez el entablado del segundo piso hace rechinar las maderas rumbo a mi habitación. Frías las sábanas me acogen con su calor y pronto, antes de dormir, reflexiono y digo en voz baja: «Gracias abuelos por heredarme estos bellos recuerdos»

(*) Con aprecio eterno a mis abuelos maternos Paula y Eliseo en mi bella ciudad de Llauta – Lucanas – Ayacucho. Recuerdos enero 1985.

Referencia

Del futuro libro: «Memorias de mi infancia en los andes maternos y paternos».