,

«Gatopardismo legal: cuando la injusticia alcanza a la naturaleza»

Por: Abg. Sophia Carolina del Rosario Medina Jaime* Como abogada, siempre pensé que la justicia era un término que podía volver realidad si encontraba las palabras correctas y argumentativas para hacer entender al mundo la forma moral, humana y digna de tomar medidas; sin embargo, es hoy cuando la realidad me da baldazos de agua…

Por: Abg. Sophia Carolina del Rosario Medina Jaime*

Como abogada, siempre pensé que la justicia era un término que podía volver realidad si encontraba las palabras correctas y argumentativas para hacer entender al mundo la forma moral, humana y digna de tomar medidas; sin embargo, es hoy cuando la realidad me da baldazos de agua helada para aceptar que eso solo es una falsa ilusión. Me he sentido abrumada, cuestionando los acontecimientos sucesivos que han venido ocurriendo en el país, desde la vulnerabilidad laboral -donde tenemos que tolerar que, a pesar de que la mayoría de trabajadores en el Perú vive del día a día, además debemos rogar y casi implorar por la aceptación y ejecución de un derecho-. A pesar de ser un derecho ganado, se encuentra la manera más estratégica de ser arrebatado. No importa cuánto grites, camines y luches por ese reconocimiento; somos burlados con nuestras propias leyes de gatopardismo legal. Donde parecía que después de tanto tiempo lográbamos un paso importante, en un abrir y cerrar de ojos te das cuenta de que estamos en igual o peor situación de precarización laboral. Es una situación que te deja de manos atadas, con expectativas de resignación, y normalizando lo sucedido; tal y como lo esperan los más grandes, termina sucediendo.

Y para ver aún más injusto todo, ves cómo la naturaleza, arremetida por el hombre, reacciona contra los menos culpables: nuestra fauna. Lobos marinos muriendo en las islas Chincha y la Isla San Gallán; crías de lobos perdidas por sus madres muertas; pingüinos de Humboldt que se ven en la difícil situación de abandonar sus nidos en la Punta San Juan, Ica; mientras que las aves mueren de hambre, y otras terminan desnutridas y sin poder volar distancias largas para pescar. Cuánto daño le hemos hecho a nuestra atmósfera y al medio ambiente, que hoy vemos una consecuencia devastadora. Es entonces cuando aquí la justicia brilla por su ausencia, cobrándole el precio a vidas que no merecen terminar. Qué injusto es el hombre hasta consigo mismo; vive sin entender que un futuro sin biodiversidad es un futuro ciego, catastrófico y dañino.

Vemos cómo los grandes poderes arrebatan con injusticias nuestras esperanzas y futuro. Ahora me pregunto: ¿qué pasa con el pequeño poder?, ¿es acaso este donde uno puede tener esperanzas? Nada más decepcionante que darte contra la pared para entender que NO. Vivimos la injusticia a flor de piel en los pequeños grupos de poder que nos rodean. En esos espacios, donde das por sentado el ser escuchado para evidenciar un acto de justicia, es donde terminan por anular cualquier expectativa; pues es ahí donde la realidad te golpea en la cara y te dice que la injusticia está por doquier. El Síndrome de Hubris en todo su esplendor: amordazan tu palabra, haciéndote creer que te silencian porque lo que menos se quiere es «sembrar la discordia entre compañeros», refugiándose en excusas embusteras y bajas. Te ofrecen una autonomía ilusoria, dándote la apariencia de que decides libremente; sin embargo, lo que hacen es arrinconarte a una falsa dicotomía donde tienes que optar por lo adverso y lo precarizante. Es una situación indignante donde tu propia inteligencia es burlada, pues, además de vulnerar tus derechos, externaliza la responsabilidad ética, haciéndole creer a la víctima que su sumisión es el resultado de su propia voluntad. Qué gran impotencia causa ver a estos pequeños grupos de poder, un fuerte sabor a injusticia de parte de quienes crees que pueden representar tu propia voz, pero te silencian para poner sus intereses de por medio. Y es así como el trago amargo del pico de injusticias ya no lo tomas únicamente fuera de casa, sino también por la mano humana cercana dentro de ella, quien te invita un trago aún más amargo en el hogar; y únicamente asientes, ya rendido, donde lo poco que queda de energía termina esfumándose por desidia.

¿Cómo sobrellevar tanta injusticia?, ¿cómo aceptar un mundo así?, ¿cómo comprender que ninguna marcha, ningún grito o un criterio bien argumentado va a cambiar un pensamiento injusto? Es aquí donde la vida y el poder divino te dan respuestas a través del equilibrio. Te muestra que aún hay motivos para sonreír, que aún hay emociones que harán saltar tu corazón de alegría, que hay formas de hacerte escuchar, pero no para pequeños grupos, sino para quien valga la pena escucharte. Sigamos siendo valientes, hagamos lo que se deba hacer desde nuestra posición y, si no, busquemos un mejor camino para hacernos oír. Seamos persistentes en nuestros sueños: soñar no cuesta, guardar esperanzas tampoco. Tengamos fe, tengamos decisiones; saquémonos la vergüenza absurda que limita un destino certero, un corazón alegre y mil y un motivo para sonreír. Pues todo eso te dará la justicia que crees ausente; verás compensado cada trago amargo por dulces sabores.

* Abogada, investigadora y analista crítica de la realidad social y medioambiental. Su trabajo aborda las asimetrías en la gobernanza, la precarización de derechos fundamentales y el impacto de la actividad humana en la biodiversidad.