El norte independentista: Lambayeque, Trujillo, Piura, Sullana, Querecotillo y Celendín, decididos por la patria

Por: Miguel Arturo Seminario Ojeda Historiador, director del Museo Electoral y de la Democracia de la Dirección Nacional de Educación y Formación Cívica Ciudadana del Jurado Nacional de Elecciones A fines de diciembre de 1820, el norte peruano evidenciaba una abierta decisión a favor de la independencia. La labor persuasiva del equipo del general San…

Por: Miguel Arturo Seminario Ojeda

Historiador, director del Museo Electoral y de la Democracia

de la Dirección Nacional de Educación y Formación Cívica

Ciudadana del Jurado Nacional de Elecciones

A fines de diciembre de 1820, el norte peruano evidenciaba una abierta decisión a favor de la independencia. La labor persuasiva del equipo del general San Martín había contribuido a fortalecer ese espíritu patriótico y de independencia que se asomaba desde fines del siglo XVIII, porque ya esa parte del virreinato, de diversas maneras, mostraba una férrea voluntad hacia lo que resultaba indetenible: la independencia nacional y la restitución del Estado, cuya autonomía se había perdido en 1532.

Lambayeque fue la primera de las ciudades de la intendencia de Trujillo que proclamó la independencia, el 27 de diciembre de 1820, tal como lo reconoció el gobierno protectoral del general San Martín y el Congreso de la República unos años después, antes de 1830, al señalar que Lambayeque puso el ejemplo a las demás ciudades de esa jurisdicción, incluida la ciudad de Trujillo, capital de la intendencia, que recién lo hizo dos días después, el 29 de diciembre, al proclamar la independencia de la ciudad de Trujillo y no la independencia de toda la intendencia.

Tras Trujillo se proclamó y juró la independencia en Piura, la más antigua de las ciudades hispanas del Perú y la más antigua en el Pacífico Sur; ambos hechos se verificaron el 4 y el 6 de enero, quedando noticias de estos sucesos en diversos documentos que -como fuentes primarias- nos permiten recrear lo sucedido.

A continuación, sucedería lo mismo, en enero de 1821, en Sullana, Tumbes, entonces bajo jurisdicción piurana, y en Paita, correspondiendo en Sullana presidir los actos al alcalde indígena Manuel Lupú, por haberse mantenido el Cabildo Indígena, que se restituyó en 1814, hasta esos primeros días de 1821, pese a la reticencia de los criollos, quienes casi de inmediato procuraron sacar del mando a Lupú, y lo consiguieron.

Un caso singular es el de Querecotillo, el pueblo ubicado en la margen derecha del río Chira, donde la independencia se proclamó el 11 de enero de 1821 y se juró el 14 del mismo mes, y decimos un caso muy singular porque es el único lugar del que quedan las actas originales de proclamación y de la jura de la independencia, ya que de los otros lugares quedan solamente las referencias, sin estos documentos originales que, sin lugar a dudas, se hicieron pero permanecen extraviados o han sido destruidos por desidia de quienes no saben valorar el patrimonio documental.

Celendín, un caso especial

Los orígenes de la ciudad de Celendín se remontan a la presencia del obispo de Trujillo, don Baltasar Jaime Martínez Compañón y Bujanda, quien en 1782 llegó a estas tierras no solo para cumplir con su ministerio espiritual, sino también procurando solución a problemas de orden temporal, que no asumían las autoridades destinadas para estos encargos. La población se encontraba dispersa y una buena cantidad de criollos y de españoles se verían favorecidos con esta medida de congregarlos para los beneficios de vivir en sociedad urbana.

Martínez Compañón era un obispo ilustrado, dejó un extraordinario recuento de imágenes que retratan la vida social del obispado en acuarelas pintadas por gente del equipo que lo acompañó. Estos artistas hicieron el trabajo que en el siglo XIX hicieron los fotógrafos y en la segunda mitad del siglo XX quienes usaban los slides, películas de celuloide, y después las nuevas tecnologías que hacen posible el registro de la información en estos tiempos.

La preocupación del obispo por juntar a las personas dispersas no dejó fuera del camino a Celendín, había que hacerlo, y en esto procuró sus buenos oficios para que la población desparramada se juntara en un solo espacio, donde ahora está la ciudad de Celendín, que recién fue reconocida en esa categoría el 19 de octubre de 1849, durante el gobierno de Ramón Castilla.

En el Archivo General de la Nación ubicamos la correspondencia del obispo y lo dimos a conocer en un artículo publicado en la Revista de esta institución, y en el Boletín del Instituto Riva Agüero de la Pontificia Universidad Católica, anotando el paso de Martínez Compañón por Celendín, quien también dictó algunas misivas desde este lugar.

Fue recién en 1802 que la aspiración de la población dispersa se materializó, porque ese año se trazó el plano de la población que el Rey Carlos IV aprobó como Villa Amalia de Celendín. Amalia se llamaba su progenitora, siendo lo más probable del por qué se denominó así a la nueva población congregada que nacía oficialmente como villa.

La participación de Celendín en la independencia

Más allá de conocer las menciones que se hacen de la proclamación de la independencia en Celendín, la primera semana de enero, señalándose el protagonismo del alcalde Burga, queda constancia de eso en la mención que se hace en la propuesta y aprobación del Congreso de la República para aprobar la categoría de ciudad para la villa de Celendín, estipulándose claramente del decidido apoyo de los moradores de la villa y la jurisdicción en la causa de la independencia.

Con toda seguridad, hay muchos celendinos y celendinas destacados; sin embargo, hay uno que se asocia más que otros al protagonismo patriota y, sin lugar a dudas, estuvo pendiente del logro de la elevación a la categoría de ciudad de la villa de Celendín, como lo estuvo en el proceso de creación de la provincia del mismo nombre. Ese personaje que está en la memoria de sus paisanos y cuya memoria está dentro de la historia nacional fue Basilio Cortegana, hijo distinguido de Amalia de Celendín.

Fue un militar destacado e historiador del pasado nacional, cuyos frutos hoy conocemos más allá de sus manuscritos al haberse editado, por la Biblioteca Nacional del Perú, su extraordinario trabajo sobre la independencia del Perú, que ha sido un gran regalo para los peruanos en estos años del Bicentenario de la Independencia Nacional, conmemorados desde el 2021 y que irá hasta 2024.

Basilio Cortegana reposa en el Panteón Nacional de los Próceres de la Independencia, Santuario Patriótico bajo la custodia del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, que preside el general Juan Urbano Revilla, espacio en el que se encuentran los restos y los bustos de peruanas y de peruanos que arriesgaron sus vidas y, en no pocos casos, las rindieron por la independencia.