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Cajón de sastre
Crónica del caos vehicular en Ica Segundo Florencio Jara Peña En cualquier ciudad medianamente civilizada (ya no sólo en los nórdicos) cuando el peatón pone el pie en el crucero peatonal o en las esquinas de las avenidas para cruzarlas, automáticamente los conductores detienen su vehículo, como si de pronto se habría levantado un muro…
Crónica del caos vehicular en Ica
Segundo Florencio Jara Peña
En cualquier ciudad medianamente civilizada (ya no sólo en los nórdicos) cuando el peatón pone el pie en el crucero peatonal o en las esquinas de las avenidas para cruzarlas, automáticamente los conductores detienen su vehículo, como si de pronto se habría levantado un muro frente a ellos, y esperan a que la gente pase la calle; incluso si el transeúnte es un animal. En cualquier ciudad medianamente civilizada, pero no en Ica.
He vivido en diferentes ciudades, excepto esta última década acá, pero nunca he visto una ciudad con un tránsito tan caótico, contaminante y peligroso como en Ica, donde la informalidad del transporte público se entrelaza con la imprudencia y la falta de respeto por las normas viales.
La ciudad de Ica, bendecida por el ardiente sol del desierto costero, alberga un tráfico que desafía la lógica y pone a prueba los nervios de sus habitantes. Sus calles son escenario de un ballet frenético. Los taxis y mototaxis, como bailarines ebrios y desenfrenados, zigzaguean entre los autos particulares, ignorando semáforos y señales de tránsito. La informalidad es su bandera: no respetan las reglas ni el sentido de las vías públicas. El peatón, indefenso, se convierte en un obstáculo más en su danza apresurada.
Los buses urbanos, en su mayoría (si no son todos), carecen de paraderos señalados. En lugar de detenerse en lugares designados, se detienen donde les place, bloqueando cruces y aceras. Los pasajeros, como marionetas, saltan a bordo en medio del caos. El conductor, ajeno a la paciencia de los demás, acelera sin piedad, dejando atrás una estela de dióxido de carbono, polvo y descontento.
La antigüedad del parque automotor es evidente. Los motores tosen y escupen humo negro, contribuyendo a la contaminación ambiental (hace poco se publicó un ranking, en el que Ica estaba considerada como una de las ciudades más contaminadas del Perú). El aire se satura de partículas tóxicas y los pulmones de los iqueños sufren las consecuencias. El ruido es otro enemigo letal: el constante uso indebido del claxon perfora los oídos y va minando la paz de la ciudad.
La geografía iqueña se presta para potenciar el ciclismo en todas sus formas (desde el de simple esparcimiento hasta el deportivo, pasando por su utilidad como medio de transporte), pero no, el ciclista, vulnerable y desprotegido, es un actor secundario en este drama. Las calles no están diseñadas para él; los conductores lo ven como un estorbo. Las ciclovías son un mito (hace poco una alcaldesa intentó -inútilmente- implementarlas, mediante la señalización de algunas avenidas) y las veredas, invadidas por mototaxis y vendedores ambulantes, no ofrecen refugio seguro. El ciclista pedalea entre la indiferencia y el peligro constante (pienso que resulta más peligroso pedalear en la ciudad que hacerlo en un circuito de competencia de enduro).

A esto se suma el hecho de que ni las autoridades municipales ni la policía de tránsito conocen realmente este problema agobiante para afrontarlo, o si lo conocen simplemente no tiene diseñados los planes y estrategias para hacerle frente. Por ejemplo, hay calles y avenidas que hace tiempo requieren que se actualice el sentido del tránsito por fuerza de la realidad y utilidad. Intempestivamente, en hora punta (entre las 7.00 y 8.00 a.m.) la Policía cierra la circulación de algunas calles colocando conos de emergencia, generando congestión vehicular en las arterias por las que, obligados, tienen que dirigirse los conductores. Lo mismo sucede cuando los ediles o particulares realizan trabajos cerrando las vías, precisamente en horas en que más se requiere (hace poco mediante una demanda constitucional se dejó sin efecto una medida por la cual la autoridad edil había dispuesto el cierre de algunas arterias de la ciudad, generando mas desorden y caos al existente, evidenciando la carencia de un plan de reordenamiento del tránsito que una medida de esta naturaleza demandaba).
Los que están al timón también son afectados, pues en el torbellino del tráfico caótico se transforman. Sus rostros, antes anónimos, se contorsionan en máscaras de ira y frustración. La presión arterial se dispara, los ojos se inyectan de sangre y los dedos se crispan sobre el volante. El instinto ancestral emerge: la lucha o la huida. Pero aquí, en medio de esta jungla de asfalto, no hay escapatoria. La ira despierta, el estruendo de bocinas y el estancamiento de autos y mototaxis despiertan la bestia interior que llevamos adentro. El otro conductor deja de ser un ser humano. Se convierte en un obstáculo, un enemigo invisible. El lenguaje se vuelve hostil: insultos, puteadas, gestos obscenos, gritos. En el caos vehicular, los conductores se desnudan emocionalmente. La psique se resquebraja y la civilización da paso al atavismo.
Ica, con su belleza desértica y su historia milenaria, no se merece esto.
Las autoridades podrían establecer normas más rigurosas para el transporte público. Sanciones severas para quienes no respeten las reglas y para aquellos que operen informalmente. Establecer paraderos claros y visibles para los buses y colectivos. Elaborar un plan de reordenamiento del tránsito que responda a la realidad (otro ejemplo sería emitir una ordenanza que restrinja, en horas punta, el ingreso de camiones y buses de gran tonelaje que atraviesa la ciudad por la única vía disponible, de norte a sur, de Salas a Santiago, y así por el estilo).
Campañas de concientización para conductores, sobre todo, pero también para peatones y ciclistas. Fomentar el respeto mutuo y la responsabilidad en las calles. Diseñar y construir ciclovías seguras y veredas amplias. Restringir el uso excesivo del claxon, educando sobre su uso adecuado.
Creo que, cualquiera sea el lugar que ocupemos en este escenario, debemos intentarlo.
