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Un iqueño trascendente en el derecho humanitario: Baltazar Caravedo Loyola
Por: Miguel Arturo Seminario Ojeda Historiador, director del Museo Electoral y de la Democracia de la Dirección Nacional de Educación y Formación Cívica Ciudadana del Jurado Nacional de Elecciones Don Baltazar Caravedo Loyola nació en Ica, en 1804; recibió el sacramento del bautismo el 5 de julio de 1805; fue hijo del matrimonio de Lorenzo…
Por: Miguel Arturo Seminario Ojeda

Historiador, director del Museo Electoral y de la Democracia
de la Dirección Nacional de Educación y Formación Cívica
Ciudadana del Jurado Nacional de Elecciones

Don Baltazar Caravedo Loyola nació en Ica, en 1804; recibió el sacramento del bautismo el 5 de julio de 1805; fue hijo del matrimonio de Lorenzo de Caravedo García de los Reyes, militar patriota que fue fusilado en 1821 en la plaza de armas de Pisco, y su progenitora se llamó María Isabel Loyola Toledo.
Como se puede apreciar, Baltazar Caravedo perteneció a una familia patriota, que desde el comienzo confió en la libertad del Perú, al punto de enrolarse -con parte de su familia- en el ejército sanmartiniano apenas desembarcó el general San Martín en Pisco. Ica ha tenido el privilegio de ser el territorio de las primeras acciones del Ejército Libertador en el Perú, como la deserción de los patriotas en Palpa; los encuentros patriotas contra los realistas en Changuillo y Nasca; las proclamaciones de la independencia, en su jurisdicción, y otras acciones que se han revivido con motivo del Bicentenario de la Independencia.
Su padre, el prócer Lorenzo de Caravedo, nacido en Pisco, fue mandado a fusilar por orden del virrey Pezuela. Don Lorenzo se había incorporado al ejército patriota con su hermano Baltazar y su cuñado Juan José Loyola; se asegura que fueron los primeros en hacerlo. Tras el fusilamiento de su padre, Baltazar Caravedo Loyola fue aceptado en el Escuadrón de Granaderos a Caballo y se puso bajo las órdenes del general Antonio Álvarez de Arenales, participando en la campaña de la Sierra, en la que se combatió contra el ejército realista y, en Cerro de Pasco, combatió contra el realista O´Reilly.
Participó, a continuación, en la expedición de Puertos Intermedios, como alférez y portaestandarte. En 1824 estuvo en las batallas de Junín y Ayacucho. En la de Junín asistió como húsar a las órdenes del general Isidoro Suarez, y en la de Ayacucho su conducta fue calificada como “heroica distinguida”. Terminada la campaña estuvo junto al regimiento Húsares de Junín en el segundo sitio del Callao.
En 1826 combatió en Ica a favor del libertador venezolano Simón Bolívar, en el Palmar de Chunchanga, recibiendo su agradecimiento; y, en 1829, ya siendo coronel, apoyó al mariscal Agustín Gamarra, y en la acción recordada como de la Gallinacera se destacó por la acción humanitaria de hacer respetar a los vencidos, disgustando a sus superiores que le promovieron un juicio, por el que tuvo que hacer uso de la prensa para exponer a sus connacionales el porqué de su conducta. Estas acciones -no usuales en épocas de guerra- fueron las que generaron su condena, pasarían aún muchos años, para que, a nivel internacional, se considere al Derecho Internacional Humanitario, del que se señala como precursor a Miguel Grau Seminario.
Poco después obtuvo el grado de general, conferido por el general Agustín Gamarra, y continuó interviniendo en la vida pública del Perú. El 1833 apoyó a Luis de Orbegoso y, al producirse el levantamiento del general Felipe Santiago Salaverry, asistió a las batallas de Uchumayo y Socabaya, el 3 y 7 de febrero de 1836 en Arequipa. Se le recuerda por haberse opuesto a la sentencia de muerte dictada en Arequipa contra del general Salaverry, otro de sus rasgos humanitarios.
En 1841 fue nombrado Gobernador y Jefe Militar de la Provincia Litoral de Piura, llevando a cabo una destacada actuación que mantuvo la tranquilidad en esa alejada región. Tras el derrocamiento del mariscal Gamarra, se exilió. Vivió luego en Montecristi, Ecuador, dedicándose al comercio. Pasó sus últimos años en Lima, ciudad en la que falleció el 22 de diciembre de 1879, a los pocos meses que Chile declarara la guerra a Perú.
Desde 1968 sus restos fueron conducidos desde el cementerio Presbítero Maestro hasta el Panteón Nacional de los Próceres, que se había creado en 1824.
