Cómo ha cambiado la Navidad

Joethelwoldo hotmail.com Parece mentira, pero el tiempo jamás se detiene. Los días van pasando raudamente y sin darnos cuenta. Todavía nos quedan recuerdos de la Navidad del 2022 y ya el 25 de diciembre del presente 2023 está con nosotros. Y, tal como ocurre casi todos los años, el ambiente ha comenzado a transformarse convirtiéndose…

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Parece mentira, pero el tiempo jamás se detiene. Los días van pasando raudamente y sin darnos cuenta. Todavía nos quedan recuerdos de la Navidad del 2022 y ya el 25 de diciembre del presente 2023 está con nosotros. Y, tal como ocurre casi todos los años, el ambiente ha comenzado a transformarse convirtiéndose en un ambiente de feria pueblerina, donde menudean las compras, las ventas y los regalos. Sin embargo, es comprensible que cuando digo “regalos” me refiero a las personas que pueden regalar y recibir, pero no a las que simplemente consideran que en la Navidad se conmemora el nacimiento de Jesús, el salvador de la humanidad.

Resulta increíble, pero el dueño de la fiesta, el dueño del nacimiento y del santo que se celebra, ha pasado a un segundo plano para ser desplazado por el “Papá Noel”. Ese viejito simpático y bonachón que todos los años visita los hogares trayendo sus regalos a los niños ricos y a los de clase media, pero que casi siempre se olvida de visitar los hogares muy humildes, los hogares muy pobres, ahí donde el mejor regalo y la mejor Navidad de cada día es, simplemente, tener algo que comer y algo de cariño.

Recuerdo que, durante mi infancia -hace ya más de sesentaicinco años- yo también esperaba a Papá Noel. Les confieso que muchas veces, concentrado y muy atento de su visita…tan ilusionado con ver lo que me podría traer, escuchaba ruidos y cosas inexistentes, pero, a pesar de la curiosidad y el deseo de sorprenderlo, siempre -y no sé en qué momento- me quedaba dormido.

Cuando despertaba… ya el viejito misterioso había pasado por mi casa y ya había dejado los regalos para casi todos. Nosotros éramos muy pobres y cualquier cosita que nos dejaba nos contentaba mucho. Jamás se nos pudo ocurrir en esos tiempos que el regalo lo compraban nuestros padres o nuestros familiares y, por eso, nunca reclamábamos nada. Salíamos muy temprano a encontrarnos con nuestros amiguitos del barrio y a comparar los juguetes que nos habían traído. Yo contemplaba las diferencias… pensaba no sé en qué cosas, pero luego me olvidaba de ese detalle y nos poníamos a jugar. Mi camioncito era de madera, era muy fuerte pero más bonito que el de nuestro vecino rico, el mío tenía más aguante y soportaba muchas más cosas en su tolva. Estaba muy seguro que, si chocaba el mío con el del vecino rico, el mío salía victorioso. Nunca olvidaré tampoco cómo las niñas acomodadas del barrio jalaban de cualquier manera sus hermosas muñecas que abrían y cerraban sus ojitos, que caminaban y hasta lloraban. Mi hermanita, con mucha ternura, acariciaba la suya que era de trapo. No le importaba cómo eran las otras porque, para sus ojos, la de ella era la más hermosa y la cuidaba con la ternura de una madre. ¿Y mi trompo…?, aquel pequeño trompo que me había regalado mi abuelo Juve me hacía sentir muy orgulloso en mi barrio… todavía lo tengo conmigo y es como un tesoro que guarda parte de mi infancia.

¡Eran otros tiempos! Mejor diré: “eran mejores tiempos”.  Antes de las doce de la noche eran muy pocos los que andaban por las calles, ya todos estábamos concentrados en nuestros hogares, esperando la media noche para celebrar el nacimiento de Jesús. Rezábamos, nos dábamos el abrazo y el beso con la familiar e inolvidable frase: ¡Feliz Navidad! Luego nos sentábamos a la mesa a disfrutar del chocolate, del panteón y del plato que mamá había preparado para celebrar esa fecha tan importante. Después del intercambio de abrazos y de desempaquetar nuestros regalos, conversábamos todos, los niños recibíamos el relato de algunos pasajes de la vida de Jesús, de San José, de la Virgen, de los Reyes Magos y de Judas, el que había traicionado a Jesús. Luego nos íbamos a dormir. Al amanecer del día 25, desde muy temprano, salíamos a encontrarnos en nuestra cuadra todos los niños vecinos del barrio, para jugar hasta la hora en que nuestros padres nos llamaban, nos cambiaban y nos llevaban a visitar a los abuelos, a los tíos y a los muy amigos de la casa para saludarlos por la Navidad.

¡Cómo ha cambiado todo! qué distinto es ahora, la familia se ha desintegrado de tal forma que ya no se juntan todos los que viven bajo el mismo techo ni siquiera para celebrar la fiesta más grande de la humanidad: El Nacimiento del hijo de Dios.