Cajón de sastre

KAYCHALLAPI (Acasito nomas) Para la Flaca, con mucho amor. Segundo Florencio Jara Peña Después de oír, en realidad de leerlo y volverlo a leer, el discurso de Vargas Llosa al recibir el Nobel de Literatura, caí en la cuenta que algo de ello no era ficción. Vargas Llosa es un maestro para hacer obras maestras…

KAYCHALLAPI (Acasito nomas)

Para la Flaca, con mucho amor.

Segundo Florencio Jara Peña

Después de oír, en realidad de leerlo y volverlo a leer, el discurso de Vargas Llosa al recibir el Nobel de Literatura, caí en la cuenta que algo de ello no era ficción. Vargas Llosa es un maestro para hacer obras maestras de la mentira, de la ficción, así que prejuzgué que su discurso, que en algunos pasajes le arrancó lágrimas, también era una ficción bien construida precisamente para recibir un premio por saber inventarlas, creo que me equivoqué. Dijo algo así como que cuanto más sentía al Perú era en otras latitudes. La mayoría de sus ficciones tienen como espacio y tiempo, por supuesto mentidas magistralmente, nuestro país: sea como barrio, sea como región, sea como fuere, pero en sus novelas se refleja el Perú.

Algo parecido me sucede. Por supuesto no quiero compararme con nuestro Nobel, pero el sentimiento es el mismo, aunque guardando las distancias. Me explico: ahora que estoy fuera de Apurímac, las nostalgias y sentimientos hacia esa tierra son incontenibles, estoy empezando a querer más a ese pequeño punto inhóspito de nuestro mapa. Los recuerdos se agolpan en mi mente incesantemente y pugnan por manifestarse de alguna manera (lo mismo sentí cuando dejé mi Cusco querido).

Precisamente, fui presa de uno de estos recuerdos cuando perdí el rumbo en el monstruo de mil cabezas. Me había extraviado en Lima y no hallaba forma de volver a mi hospedaje. Lo más recomendable en estos casos, y en otros en que el peligro asecha, es no perder la cordura, de modo que para ubicarme entré en una pequeña tienda y mientras me llevaba el burbujeante vaso de gaseosa a los labios recordé que también uno puede perder el rumbo en la puna.

Sí. Estuve perdido todo un día, y su noche entera, en la más desolada puna sin poder hallar el camino de retorno hacia el pueblo.

Cómo llegué allí tiene que ver con el título de este artículo.

No creo que solamente en el Perú seamos campeones para mentir (para aclarar a mis confundidos lectores, acá no me estoy refiriendo a la mentira como una veta para crear ficciones al estilo Vargas Llosa, sino como uno de esos malsanos defectos de la humanidad para torcer la verdad, sea cual fuere el propósito, pero casi siempre para justificar despropósitos personales o conseguir ventajas ruines).

Estoy seguro que han oído o leído acerca de las mentiras universales: “mañana te pago”, “sólo un parcito”, “estuve en el trabajo”, “ah, y no se olvide –este agua-, no es mineral”, “cuando salga electo” y muchas otras más. La mentira, como defecto o vicio, la llevamos en los genes toda la humanidad, no es patrimonio de un determinado país o una determinada raza.

A estas habría que añadirle “kaychallapi” (es probable que esta palabra quechua esté mal escrita, a decir de los “lingüistas” quechuas, pero he tratado de construirla tal como suena oralmente, haciendo uso de los fonemas castellanos. En todo caso, significa “acasito nomás”).

Es imposible que alguien que haya estado por las zonas altas de Apurímac (y también por el Cusco) no haya oído jamás esta célebre palabrita.

Kaychallapi, papay. Es lo que acostumbran contestar los campesinos cuando suéleseles preguntar por un determinado lugar. A diferencia de las otras mentiras que siempre buscan lograr una mal concebida viveza, criollada, pendejada o como quiera llamársele, esta mentirijilla es producto de la creencia andina de que cualquier distancia puede ser cubierta pedestremente, o tal vez tras esa inocente palabra se esconde una pícara tomadura de pelo al presumido citadino para hacerlo padecer de cansancio y otras desventuras. Lo cierto es que jueces, abogados, ingenieros, médicos, enfermeros, maestros, policías han caminado horas y horas, han vadeado cerros y quebradas, y cruzado numerosos ríos para llegar, ya muy entrada la noche, a su destino que, a decir del circunstante o casual campesino andino con el que se encontraban en el camino, estaba “kaychallapi, papay”.

Aquella vez fui en busca de una persona cuya vivienda estaba “kaychallapi, papituy, detrás de aquella lomadita nomás”. Había caminado medio mundo, escalado mil cerros por unos caminos apenas imperceptibles, pero no daba con la bendita casa. La noche con su manto oscuro empezaba a difuminar el paisaje agreste de la puna cuando una infernal lluvia se desató. Llovía, literalmente, a cántaros. En medio de la desolación, sin un lugar donde guarecerme, dando bastonazos de ciego para dar siquiera con el camino de retorno fui presa del pánico. Sin noción del tiempo ni del lugar caminé sin rumbo, como un loco, aquella noche, hasta que, empapado hasta los huesos, divisé, en lontananza unas luces que brillaban como pequeñas luciérnagas. Hacia allí me dirigí para llegar, al cabo de muchas horas, junto con el alba.

¡¡Había vuelto al pueblo de donde había partido en la víspera, pero por el extremo opuesto!!

Luego de calmar mi sed dije para mi coleto que esta vez no me sucedería lo que en la puna. Claro que no, tomaría un taxi e indicando la dirección al taxista llegaría a mi destino, así estuviera acasito nomás.