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12 DE NOVIEMBRE DE 1996: CUANDO LA TIERRA TEMBLÓ Y NASCA QUEDÓ EN RUINAS
El 12 de noviembre de 1996, a las 11:59 de la mañana, un terremoto de magnitud 6.4 sacudió con fuerza las regiones de Nasca, Ica y Arequipa durante casi dos minutos, sembrando el pánico en todo el sur del Perú. La onda sísmica alcanzó incluso a Ayacucho, Junín, Huancavelica, Apurímac y Cusco. El epicentro se…

El 12 de noviembre de 1996, a las 11:59 de la mañana, un terremoto de magnitud 6.4 sacudió con fuerza las regiones de Nasca, Ica y Arequipa durante casi dos minutos, sembrando el pánico en todo el sur del Perú. La onda sísmica alcanzó incluso a Ayacucho, Junín, Huancavelica, Apurímac y Cusco.
El epicentro se ubicó en el mar, a unos 135 kilómetros al suroeste de Nasca. En las 24 horas siguientes se registraron alrededor de 80 réplicas. Las construcciones de adobe colapsaron en su mayoría; la cárcel quedó destruida y varios colegios se vinieron abajo, aunque los estudiantes lograron evacuar a tiempo y ponerse a salvo.

Durante las primeras horas posteriores al sismo, muchas familias (especialmente en San Juan de Marcona) pasaron la noche en las calles, cubriéndose con cartones y frazadas en busca de seguridad. Por la tarde comenzó a llegar ayuda humanitaria por vía aérea, junto con brigadas de Defensa Civil, la Cruz Roja y el Ministerio de Salud.
La solidaridad internacional no tardó en hacerse presente. Bolivia y Chile fueron los primeros países en enviar apoyo, seguidos de Japón y Estados Unidos. El 14 de noviembre, un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea de Chile arribó con 13 toneladas de suministros, entre ellos 400 colchonetas, 800 frazadas y 50 carpas.

Pero los estragos del terremoto no se limitaron a los derrumbes. A los pocos días, la población de Nasca (especialmente los niños) comenzó a padecer enfermedades respiratorias y cuadros diarreicos, consecuencia de la falta de agua potable y del colapso del alcantarillado. Como suele ocurrir en estas tragedias, al dolor por las pérdidas humanas se sumó la desesperación de los damnificados, que debieron sobrevivir en refugios improvisados hechos de cartón y madera.
En la Plaza de Armas, un niño de 11 años, Raúl Huamaní, relató a los periodistas de El Comercio que había perdido su hogar en Vista Alegre. “Yo trabajo limpiando zapatos y tengo que quedarme aquí durmiendo con mis amigos”, dijo. Su testimonio resumía el rostro más doloroso del desastre: el sufrimiento de los niños, las víctimas más vulnerables de toda catástrofe. Créditos de información: Miguel García – Diario el Comercio.

