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El APRA vuelve cuando el Perú más lo necesita
El Perú atraviesa uno de los momentos más frágiles de su vida republicana. No es solo una crisis económica ni únicamente política, es una crisis moral, institucional y de rumbo histórico. En medio de este desgobierno permanente y el descrédito de casi todas las instituciones públicas, reaparece una verdad que es incómoda para muchos, pero…

El Perú atraviesa uno de los momentos más frágiles de su vida republicana. No es solo una crisis económica ni únicamente política, es una crisis moral, institucional y de rumbo histórico.
En medio de este desgobierno permanente y el descrédito de casi todas las instituciones públicas, reaparece una verdad que es incómoda para muchos, pero necesaria para el país: El APRA vuelve cuando el Perú más lo necesita y porque siempre ha sido el “muro de contención” frente al comunismo y el autoritarismo.
Esa afirmación no es consigna, es historia. Por eso el odio. Por eso la persecución. Por eso la demolición sistemática que existe en el país.
No se puede olvidar que durante décadas el APRA fue combatido no por sus errores que haya cometido como cualquier fuerza política con vocación de poder, sino por haber impedido que el Perú caiga en regímenes totalitarios de inspiración marxista-leninista. Ese odio, incubado desde hace casi un siglo, hoy se desborda sin máscaras. Ya no es debate político: es un ajuste de cuentas ideológico.
Se guarda en silencio todavía la campaña feroz contra el ex presidente Alan García; no fue una lucha contra la corrupción, fue una operación política y mediática impulsada por la izquierda radical y los llamados “caviares”, sectores que jamás le perdonaron haber demostrado que se puede gobernar con crecimiento, estabilidad y reducción real de la pobreza, sin comunismo ni tampoco el populismo.

Los números no mienten. En su segundo gobierno, el Perú vivió uno de los períodos de mayor crecimiento económico de su historia reciente. La pobreza se redujo en favor de los más pobres, se construyeron carreteras donde no solo había abandono, hospitales donde la muerte era inevitable y colegios donde la educación era el olvido. Pero, nada de eso importó. Para la izquierda, el éxito del APRA, era imperdonable.
Hoy, ese mismo sector que destruyó reputaciones, que sembró odio y que debilitó la democracia, pretende presentarse como reserva moral del país. Existen 38 candidatos presidenciales, la mayoría sin plan de gobierno, sin visión y sin compromiso con la nación. Esto es un circo electoral que insulta a la inteligencia del ciudadano.
La consecuencia es devastadora: el pueblo ya no vota por convicción, vota por descarte. Se vota por quien se odia menos, no por quien ofrece un proyecto serio de país. Esa es la antesala del colapso democrático que se vive en el país.
Las instituciones públicas están desprestigiadas, capturadas o debilitadas. El sistema de justicia es frágil. El Congreso es errático. El Ejecutivo es inestable. Y, mientras tanto, la economía familiar se ahoga, el empleo se vuelve más precario y la esperanza se diluye.
Frente a este panorama, el retorno del APRA no es un capricho ni una nostalgia: es una necesidad histórica. Y esta vez lo hace con el liderazgo joven que a veces incomoda a los extremos: Enrique Valderrama, 38 años de edad, representa la renovación sin claudicación doctrinaria y que reclama el partido. “Quique” Valderrama no llega a pedir perdón por existir ni a negociar principios. Llega a reafirmar una izquierda democrática, nacional, anti totalitaria y profundamente peruana, como así enseñó el líder indo americano Víctor Raúl Haya de la Torre.
El Aprismo nace como un “Frente Único de Trabajadores Manuales e Intelectuales”, una propuesta original como lo sostuvo Víctor Raúl Haya de la Torre desde 1927. Haya fue claro: “las soluciones no se importan, se crean”. Por eso el APRA fue perseguido, proscrito y odiado por el marxismo-leninismo, porque nunca se subordinó a dogmas extranjeros.

Ese odio no ha desaparecido. Solo cambió de forma. Hoy se expresa en campañas de demolición, en silencio cómplice y en una narrativa que busca borrar la historia. Pero la historia no se borra.
Mientras en otros países, como Chile, la ciudadanía empieza a rechazar los experimentos ideológicos que prometieron justicia y dejaron frustración, el Perú aún tiene una oportunidad no para volver al pasado, sino para rescatar lo que funcionó y corregir lo que falló.
El APRA, con 102 años de existencia, no vuelve como espectador. Vuelve como “muro de contención” frente al comunismo, como única opción frente al desgobierno y como esperanza frente al desencanto nacional.
Hoy el llamado es claro y reflexivo: No votes por odio, moda o miedo. Vota con memoria. Vota con conciencia histórica. El Perú no necesita más improvisados ni fracasados. Necesita liderazgo, doctrina y compromiso con la democracia.
El APRA vuelve. Y vuelve cuando el Perú más lo necesita.

