,

La meritocracia es afectada por la política e intereses personales en el Perú

Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera. Past Decano del Consejo Regional de Ica Colegio de Periodistas del Perú. Como periodista, muchas veces pienso que la crítica no debe quedarse en la indignación, sino que debe convertirse en una enseñanza cívica para poder explicar el por qué el mérito verdaderamente importa. Sin embargo, en nuestra sociedad su…

Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera. Past Decano del Consejo Regional de Ica Colegio de Periodistas del Perú.

Como periodista, muchas veces pienso que la crítica no debe quedarse en la indignación, sino que debe convertirse en una enseñanza cívica para poder explicar el por qué el mérito verdaderamente importa. Sin embargo, en nuestra sociedad su ausencia cuesta mucho para poder lograr el desarrollo que muchas veces ansiamos.

Actualmente, nos encontramos inmersos en una sociedad donde se ha debilitado la meritocracia, no solo en el Estado o en la política, sino también en la formación individual; y tiene causas profundas, como vivir en la era del resultado rápido: vivir en redes sociales, éxito instantáneo, fama sin proceso. Es decir, se ha reducido la valoración del esfuerzo silencioso y sostenido que tenían las personas.

En estos momentos nos hemos normalizado en el favoritismo. En política y en algunas instituciones públicas se ha vuelto frecuente el amiguismo, la cuota partidaria o la recomendación por encima de la competencia. Cuando eso se repite, el ciudadano termina creyendo que el mérito no importa.

Cuando las reglas no se cumplen de manera justa, las personas pierden fe en el sistema. Si el esfuerzo no garantiza oportunidades, surge el desaliento y se crea la confusión entre igualdad y el igualitarismo. Buscar justicia social no significa eliminar la exigencia. La verdadera equidad crea oportunidades; no elimina la responsabilidad individual.

Mi labor como comunicador social consiste en rescatar este valor, porque es un deber cívico. Una sociedad que abandona la cultura del mérito termina premiando la mediocridad y castigando el esfuerzo de muchos. Y eso empobrece no solo la economía, sino también el espíritu colectivo.

La meritocracia se recupera cuando cada ciudadano decide no ser parte de la resignación. Cuando entiende que el mérito empieza por uno mismo y se proyecta hacia la comunidad. En el Perú de hoy, para muchos ciudadanos la política parece dominada más por intereses personales que por mérito o vocación de servicio.

Esta no es una percepción aislada. Basta observar el deterioro de la confianza en instituciones como el Congreso de la República o la inestabilidad recurrente en el Poder Ejecutivo para entender por qué el ciudadano siente que la competencia técnica y la ética pública han sido desplazadas por el cálculo político.

¿Y, por qué ocurre esto? Porque en el país existen partidos débiles y sin formación doctrinaria. Existen organizaciones políticas que carecen de cuadros preparados y priorizan la conveniencia electoral antes que la preparación técnica.

Porque no existen exigencias académicas, técnicas o éticas sólidas para postular a cargos públicos. La elección se reduce solo al voto popular, sin mecanismos complementarios de evaluación de capacidades. Se debe priorizar asegurar espacios de poder, contratos o influencia, antes que construir políticas públicas sostenibles y cuando la sociedad normalice la improvisación, la mediocridad deja de ser penalizada electoralmente.

¿Eso significa que la meritocracia ha muerto en la política peruana? No necesariamente. Significa que está debilitada. Y cuando la meritocracia se debilita, el Estado se vuelve ineficiente, aumenta la corrupción y se profundiza la desigualdad. La política sin mérito degenera en oportunismo. La política sin ética se convierte en negocio.

Entonces ¿Qué hacer? Fortalecer partidos con escuelas de formación en política reales. Exigir hojas de vida verificadas y debate técnico. Promover reformas que profesionalicen la función pública y, desde el periodismo, denunciar la improvisación y visibilizar la competencia.

En mi labor, la crítica no debe quedarse en la indignación, sino explicar por qué el mérito importa y cómo su ausencia nos cuesta mucho para el desarrollo. Cuando el interés personal se impone sobre el bien común, no pierde solo la política. Pierde el país.