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Candidatos a gobernador y alcaldes de Ica usan lenguaje que promete y no gobierna
Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera, Past Decano del Consejo Regional de Ica, Colegio de Periodistas del Perú, Reg. FPP. 5385 y Reg. CPP. 030 La población de Ica no necesita ser experta en política para tomar decisiones; y esta vez, para las próximas elecciones electorales de octubre, han aprendido a identificar a candidatos que postulan…

Por: Lic. Jesús Acevedo Herrera, Past Decano del Consejo Regional de Ica, Colegio de Periodistas del Perú, Reg. FPP. 5385 y Reg. CPP. 030
La población de Ica no necesita ser experta en política para tomar decisiones; y esta vez, para las próximas elecciones electorales de octubre, han aprendido a identificar a candidatos que postulan a los cargos de gobernador y/o alcaldes de Ica, al demostrar que en la mayoría de veces cuando se dirigen a la ciudadanía lo hacen con un discurso de “convencimiento” con un lenguaje vacío sin ningún valor, débil, porque carecen de fundamento; demagógico y populista en su afán de lograr conseguir la aceptación de la ciudadanía y ser elegidos como próximas autoridades de la provincia o región.
Estos candidatos, muy conocidos porque algunos ya lo fueron y otros son noveles en la política, se caracterizan al ofrecer lo que la gente quiere oír, no así lo que realmente pueden hacer. En sus promesas sustituyen el diagnóstico técnico por el discurso emocional, prometiendo soluciones amplias sin sustento operativo y dividiendo la realidad para movilizar apoyo, no para resolver problemas.
Existen algunos que usan un lenguaje amplio, ambiguo y sin contenido verificable. Hablan mucho y dicen poco, porque son unos “charlatanes políticos”. Repiten términos o frases “comodines”, como las expresiones “vamos a mejorar”, “impulsaremos”, “Fortaleceremos”, “Vamos a trabajar por ustedes”, “El pueblo me lo pide”, “Esta vez sí lo haremos”, “Con voluntad todo se puede”, “No les voy a fallar”, “Soy como ustedes”, “Nunca más corrupción”, “Ya lo hicimos antes, lo volveremos a hacer”, “Conmigo habrá cambio verdadero” y otros.
Ciudadanos nos dicen que estas expresiones no buscan informar, sino generar adhesión inmediata. El problema no es que existan -la política siempre tendrá retórica-, sino que el vecino las tome como compromiso real para no volver a caer en errores. Cuando el lenguaje se vuelve impreciso, el poder se vuelve difuso. Y donde no hay precisión, no hay responsabilidad política que después se puede exigir.
La demagogia, de la cual muchas veces se habla tanto, no es solo exageración¸ también es una forma de hacer política que, lamentablemente, sustituye el contenido o el problema por la emoción.
El candidato no explica cómo resolverá la inseguridad, el desorden urbano o la precariedad de los servicios básicos; sugiere que lo hará. Y en ese “sugerir” -en ese “de repente” tan común en los discursos de campaña- se esconde una evasión elegante de la responsabilidad. No afirma, no precisa, no se ata a nada verificable. Deja todo abierto, incluso la verdad.
Este tipo de discursos de los candidatos revela más de lo que oculta. Revela, en primer lugar, falta de preparación: quien conoce su territorio no necesita adivinar sus problemas frente al vecino. Revela también oportunismo: el mensaje se adapta al oído del público, no a la realidad de la gestión. Y, sobre todo, revela una concepción preocupante del poder: la idea de que gobernar es persuadir, no ejecutar.
Frente a este escenario el rol del ciudadano es decisivo. No basta con escuchar, tiene que interrogar, hay que hablar. No basta con simpatizar, tiene que comparar. Cada frase debe pasar por un filtro simple: ¿es verificable?, ¿tiene mecanismos?, ¿explica costos?, ¿define plazos?
Si la respuesta es no, no estamos ante la propuesta, sino ante un recurso persuasivo y diseñado para ganar adhesión inmediata.
También corresponde a los medios y a la sociedad civil elevar el estándar del debate. La cobertura que se limita a reproducir declaraciones sin constatarlas contribuye, sin quererlo, a legitimar la superficialidad. La discusión pública debe desplazarse del eslogan al contenido, de la consigna al programa y de la emoción al dato.
En este momento en que las campañas empiezan a llenar plazas y pantallas, conviene recordar una regla sencilla: cuando todo suena bien y nada es concreto, lo que se ofrece no es gobierno, es ilusión. Y la ilusión, en política, dura lo que tarda en chocar con la realidad.
El desafío, entonces, no es sólo identificar a los candidatos que hacen de la palabra un refugio para evitar compromisos. El desafío es no validar ese comportamiento con el voto. Porque cada vez que la retórica vacía gana una elección, pierde la ciudad. Y cuando pierde la ciudad, perdemos todos.

