Cajón de sastre

Y el Cusco era una fiesta Segundo Florencio Jara Peña No era una hora propicia para una llamada telefónica, mucho menos si se trataba de quien decía ser, considerando que tengo un matrimonio que bordea los treinta años, pero era ya pasada la medianoche cuando el teléfono sonó, rompiendo el silencio de la casa, que…

Y el Cusco era una fiesta


Segundo Florencio Jara Peña

No era una hora propicia para una llamada telefónica, mucho menos si se trataba de quien decía ser, considerando que tengo un matrimonio que bordea los treinta años, pero era ya pasada la medianoche cuando el teléfono sonó, rompiendo el silencio de la casa, que conseguí acallar contestando inmediatamente.

Aturdido por la modorra del sueño interrumpido, al otro lado de la línea escuché una voz femenina, desconocida, entrecortada y temblorosa, con un tono ligeramente arrastrado, con respiraciones profundas lo que evidenciaba que no sólo estaba llorando, sino que estaba ebria. ¿Te acuerdas de mí? Me abordó. Pacae, dijo. Pepas de pacae.

Entonces los recuerdos me inundaron como un huaico. Era un lejano amor pasajero de adolescencia. Le recitaba un versito huachafo acerca de sus ojos negros, profundos y brillantes, que evocaban la imagen de las pepas de pacae, con una intensidad que hipnotiza y que mirarlos era como asomarse a un abismo, un vértigo dulce que invitaba a perderse en su misterio. Algo así. Hipando de indignación me dijo que esos cabrones no me conocían. Intuí que se refería al asunto que me puso en la picota mediática. No te preocupes, le dije. Tengo la piel dura como los burritos ¿recuerdas? La tranquilicé. Cuando terminamos de conversar, tumbado en la cama recordé aquel mes intenso que vivimos, cuando, para mí, el Cusco era una fiesta.

Una noche me llamó la atención una parejita de adolescentes uniformados, comiéndose a besos a unos metros de la puerta de mi casa por la que forzosamente tenía que transitar. Eran ojos de pacae y un muchachito alto, muy guapo y, cada vez que me aparecía, se hacían arrumacos y se besaban entre risas, lo que me incomodaba enormemente, de manera que retrasaba mi retorno o simplemente ya no volvía hasta el día siguiente. Un fin de semana, un amigo, hijo de un aficionado a los gallos de pelea, me invitó a comer chicharrón de uno de estos ejemplares que habían caído en la arena. Para sorpresa mía quien había preparado el potaje era ojos de pacae. Congeniamos inmediatamente, parecíamos hechos el uno para el otro. Rompió con chico bonito y vivimos el mes más intenso que podrían hacerlo dos adolescentes descontrolados. Sólo que el combustible duró treinta días. No dio para más.

En ese mes todo salió a pedir de boca. Un amigo mío tenía un programa en una radio que se ubicaba en la avenida El Sol, frente a las oficinas del Correo. Hasta la 1.00 de la tarde era una especie de musical, a partir de esa hora empezaba el noticiero, que tenía buena acogida. En el noticioso yo tenía un espacio al que pretenciosamente cojudo le llamé “Elucubraciones” (vaya nombre). Contribuía con artículos o editoriales, lo hacía por el simple placer de escribir, pues no tenía acceso ni al Sol ni al Comercio (los diarios cusqueños locales), donde escribían los señorones. En esa época no había correo electrónico, así que tenía que llevar personalmente la hoja mecanografiada gastándome los pasajes en el bus. Pero ese mes, el del Cusco era una fiesta, había conseguido, mi amigo el de la radio, un auspicio de una tienda que vendía artefactos en Limacpampa chico y me cubría no solamente los pasajes sino el café y los cigarrillos a los que era aficionado.

Ese mes fui negro literario de un negro literario. De literatura jurídica. En la universidad hice buenas migas con un compañero, hijo de un profesor de literatura del colegio Ciencias; creo que más por los libros de su biblioteca que por su amistad. Este amigo era coordinador, o como quiera que se llame a los chupamedias de los docentes universitarios, de un profesor que enseñaba una materia penal y estaba empeñado en sacar un manual de la asignatura, así es que se lo encomendó a mi amigo y este a su vez me lo encargó. Yo lo hice por dinero, claro está, y seguramente aquel por la nota. Ese mes culminé el encargo, que básicamente seguía el método utilizado por el argentino Soler y los peruanos Roy Freyre y Peña Cabrera (papás obviamente). Cuando uno escribe, por lo menos me pasa a mí, tiene la sensación de que lo que escribimos ha estado ahí siempre desde que existe la escritura, que ha atravesado toda la historia hasta llegar a nosotros fresca como un tomate. Esta sensación la percibo más cuando de temas jurídicos se trata, pues con algunas variantes todos los tópicos en esencia son lo mismo. Hice lo mejor que pude y la tarea fue más titánica aún si para las 400 páginas le tuve que haber dado duro a los teclados de una vieja máquina. Ese mes también, a pedido de la esposa de un viejo policía, le hice una monografía jurídica (que era un capítulo del libro elaborado para el docente universitario) a su jefe, un oficial que lo requería para su ascenso. Obviamente también por dinero. Muchos años después el docente de marras llegó a ser presidente de corte y mi amigo fue su juez penal estrella, creo que ejerció bien el cargo, lo reconozco, después de todo era un buen decidor de leyes. Por su parte, el oficial llegó a ser ministro en el primer gobierno de Fujimori. 

Pero lo mejor que pudo haber pasado aquel vertiginoso mes, es que se premió la convocatoria a un concurso literario (pomposamente llamado premio al fomento y la cultura cusqueña), en el que obtuve algo así como la medalla de plata. Pero para mí era como haber ganado el premio Planeta. Mi ego se desbordó, sobre todo porque me había impuesto al hijo de un tótem de las letras cusqueñas.

En apenas treinta días experimenté lo que no había vivido en mi corta existencia. Creo que Gilles Lipovetsky lo describe perfectamente en “La Era del Vacío”. De pronto me encontré en el vórtice de un efímero pero embriagador refugio, lleno de luces deslumbrantes y sombras insidiosas. Junto a ojos de pacae (que era menor de edad aún) cada noche era una fiesta, cada día una oportunidad para los excesos, los días pasaban y nos sumergíamos más profundamente en el remolino de la gratificación instantánea. La adrenalina era nuestro combustible, pero, luego de cada resaca, el vacío interior era una sombra amenazante. Éramos el símbolo perfecto de una vida a mil por hora, pero decorada artificialmente con oropel.

Al llegar el fin del mes, de pronto me encontré rodeado de las ruinas de aquel efímero éxito. Ojos de pacae volvió con chico bonito y yo nuevamente tenía que dar un rodeo antes de llegar a casa. La tienda de Limacpampa chico se mudó a Arequipa y me vi privado de los pasajes, los cigarrillos y el café. A mi amigo de la radio le fue tan bien que un canal de televisión local le contrató para un programa de concursos, donde no cabía un escribidor.

Entonces volví a mi rutina de siempre, como los atletas cuando terminan las olimpiadas, en espera de la próxima temporada, e intentar pescar una buena racha.

Alguien diría, mucho más adelante, hubiera sido un buen escritor ese conchasumadre, pero el lenguaje abogadil lo mató.

Pero, esa es otra historia.