Cajón de sastre

Milagros inesperados Segundo Florencio Jara Peña Una de las propuestas reactivas más comunes a la ausencia de políticas criminales, es la pena de muerte para determinados delitos, usualmente para los abusos sexuales de menores. Personalmente no soy partícipe de esta pena, sobre en todo en Perú, pero por razones prácticas, no por principios ni razones…

Milagros inesperados

Segundo Florencio Jara Peña


Una de las propuestas reactivas más comunes a la ausencia de políticas criminales, es la pena de muerte para determinados delitos, usualmente para los abusos sexuales de menores. Personalmente no soy partícipe de esta pena, sobre en todo en Perú, pero por razones prácticas, no por principios ni razones de índoles filosóficas. Pues, si por mí fuera, a los abusadores sexuales les tendríamos que reventar los testículos con una prensa hidráulica, al estilo de la saga de películas como “Dulce venganza”, pero lamentablemente tenemos un proceso penal en que la condena se sustenta muchas veces en esa especie de nuevo principio procesal: “la duda favorece al proceso”.

Esto me trajo a la memoria la historia siguiente:   

Había abordado un avión rumbo al Cusco. Cuando desperté de la ligera modorra, la nave comenzó su descenso final hacia el aeropuerto. Desde la ventanilla contemplé la ciudad donde viví tan intensamente, esa amalgama de historia y modernidad enclavada en los Andes peruanos. Hacía más de diez años que no pisaba Cusco.

Trabajaba, para entonces, en un estudio de abogados penalistas muy importante de Lima. Los honorarios que se cobraban eran muy altos, por eso me sorprendió que una antigua vecina, del barrio modesto donde viví, se empecinó en que asumiera el caso de su hijo, mi amigo de infancia. En esa época tenía, creo que sigo manteniéndola, una especie de declaración de principios: no defendía a los acusados de violaciones sexuales. El hijo de mi vecina estaba preso preventivamente por tentativa de violación sexual de una menor de 14 años. Llegué a un acuerdo con los paquidermos del estudio y les convencí de que llevaría por mi cuenta el caso. Después de todo, conocía a Rómulo y nos habíamos roto la crisma un montón de veces en su bicicleta, de modo que no podía negarme a ayudarlo. Siempre hay una excepción que rompe la regla.

Mientras el avión sobrevolaba los cerros circundantes y la ciudad comenzaba a perfilarse bajo la luz del medio día, no pude evitar que los recuerdos pugnaran por salir desordenadamente: las noches en la Plaza de Armas y las calles aledañas, sobre todo Procuradores. La voz del piloto anunciando el aterrizaje disipó aquellas evocaciones. Al salir del aeropuerto, el aire frío y limpio de los 3,000 metros sobre el nivel del mar me recibió con un abrazo familiar que extrañaba muchísimo. Había algo en Cusco que no cambiaba, a pesar del tiempo y de las estructuras modernas que rodeaban el aeropuerto.

Durante el trayecto al penal de Qqenccoro, la madre de Rómulo me contó los detalles del caso. La niña era persistente en su imputación y los psicólogos corroboraban su imputación, pero ella estaba convencida de la inocencia de su hijo y, además, una corazonada le decía que yo lo sacaría de este embrollo. Mientras el paisaje de la ruta discurría por la ventanilla del auto, recordé a Rómulo: de niños éramos compinches de travesuras, dejamos de intimar cuando estudiamos la secundaria, cada cual hicimos nuestro mundo, él en Ingeniería Civil y yo en Derecho, pero como nuestras casas estaban la una junta a la otra, siempre estábamos pendientes de lo que nos pasaba. Rómulo era tímido, creo que lo sigue siendo, su timidez se desata exponencialmente frente a las mujeres y eso que es bien parecido. Su mayor defecto es no saber controlar su ira que ante una gran presión explota devastando todo a su paso. Creo que eso le pasó factura en su fracaso matrimonial, y también su falta de calle. Se casó con la primera enamorada que tuvo en la facultad. Antes de este incidente, mientras tomábamos un café en Lima, me contó que no solo se había divorciado, sino que había perdido la custodia de sus hijos y un juez había dispuesto que si quería volver a verlos tenía que cumplir una terapia de control de sus impulsos y emociones violentas.

Al llegar al penal, los guardias nos condujeron a la sala de visitas. Rómulo no había cambiado mucho desde la última vez que lo vi. Nos recibió con una mezcla de alegría y vergüenza. La acusación no encajaba con el Rómulo que conocía, pero había que ser objetivo y analizar todas las pruebas. La niña era hija de un colega suyo, funcionario del gobierno regional. A pedido del padre le reforzaba las lecciones de matemáticas, pues Rómulo antes de graduarse era uno de los mejores profesores de las academias preuniversitarias. Su versión era que la chica, que ese día vestía short y polo escotado, en un momento de la lección se le pegó, al compás de un perreo de moda, e intentó besarlo insistentemente hasta que Rómulo explotó y le metió una cachetada que le causó lesiones en los labios.

Mientras oía el relato revisaba las copias del expediente y el nombre del padre de la menor me llamó la atención. Revisé mis archivos y sí. Se trataba de la misma persona. Ocurrió en una ciudad muy cercana a Lima. Esta niña era demasiado inteligente, creo que al nivel de “El indomable Will Huting”, de la película de Matt Damon y Robin Williams, solo que nuestra protagonista le aventajaba en maldad. Había drogado, desnudado, manoseado y fotografiado a otra menor, hija de un Notario de la ciudad. Tenía en mi poder todas las evidencias para desacreditar el testimonio en contra de Rómulo. Pero no podía hacerlo, revelaría la identidad de la otra menor y tal vez resultaría hasta contraproducente. Así es que no les dije nada a Rómulo ni a su madre.

Me habían dicho que la casa donde ocurrieron los hechos estaba en Santa Mónica, cerca de mi antiguo barrio. Ahí me guiaron mis pasos y para sorpresa mía se trataba de la misma casona donde, hace mil años cuando estudiaba en la universidad, vivía una compañera muy linda de quien se sentía extremadamente enamorado el más pelmazo de mis compañeros, a quien apodamos “misterioso” porque usaba lentes de sol en las clases nocturnas. Me situé frente a la vivienda donde continuaba la tiendita desde donde “misterioso” llamaba por teléfono, echando monedas, a la chica para dictarle toda la lección a la que había faltado. Así era feliz el estulto, quien estacionaba la camioneta, marca Isuzu, de su padre en la esquina donde ahora veía una camioneta Mazda de color acero.

Cuando la ventanilla del carro se abrió para que el piloto arrojara una colilla de cigarro me percaté que se trataba de un adolescente. No sé qué extraño impulso me obligó a dirigirme hacia el vehículo, pero el chico encendió el motor y en su afán de huir chocó con un enorme poste de cemento. Los daños fueron mínimos. Al ayudarlo a salir de la cabina lloraba nerviosamente sosteniendo su teléfono celular. Entonces vi el video que corroboraba exactamente lo que Rómulo había contado. La perversidad de aquella niña no tenía límites.

El resto ya es historia y Rómulo pudo salir de prisión. Creo que la alegría y el alivio de su madre fueron mi mayor recompensa.

No. Definitivamente sería un grandísimo error implantar la pena de muerte.