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Entre pollos y promesas de malos candidatos, Ica no se hunde sola, sino también los que cambian su voto por un plato de comida

En cada proceso electoral, en “campañas electorales” han aparecido candidatos que son parte del paisaje político, donde estos personajes en barrios y pueblos jóvenes viven obsequiando a los asistentes regalos, alimentos, medicinas improvisadas, útiles escolares o el infaltable plato de “pollo al horno”, «pollitos con papas gratis» para compartir -según ellos- con los vecinos, como…

En cada proceso electoral, en “campañas electorales” han aparecido candidatos que son parte del paisaje político, donde estos personajes en barrios y pueblos jóvenes viven obsequiando a los asistentes regalos, alimentos, medicinas improvisadas, útiles escolares o el infaltable plato de “pollo al horno”, «pollitos con papas gratis» para compartir -según ellos- con los vecinos, como si fuera una muestra de apoyo a la gente “necesitada”.

Pero la verdad es otra: se trata solamente de una forma descarada que realizan estos candidatos porque les sirve solo para comprar votos o voluntades.

Ahora bien, quién vende su voto por comida, mañana seguirá teniendo hambre, pero también tendrá mal gobierno; un plato de pollo dura minutos, un mal gobernante arruina años y la corrupción se queda en el poder.

No es extraño que en Ica podamos ver a candidatos al Congreso, a gobernador regional y aspirantes a las alcaldías que organizan repartos de comida o regalos en plena campaña. El mensaje implícito, es claro: ese candidato te da algo para que mañana devuelvas el favor en las urnas. Es una relación perversa que reduce la política a una simple transacción.

Quien entrega un plato de pollo no está pensando en el desarrollo de la región ni en políticas públicas para mejorar la calidad de vida de la población. Está pensando en votos rápidos, fáciles y baratos. No busca ciudadanos informados, busca electores necesitados que aceptan cualquier cosa a cambio de su decisión.

Pero el problema no termina allí. Esta práctica solo existe cuando también hay quienes están dispuestos a aceptarla. La necesidad económica, la falta de información o la resignación frente a la política, llevan a muchos ciudadanos a cambiar su voto por un beneficio momentáneo. Ese plato de comida puede aliviar el hambre por unas horas, pero el costo real se paga durante años.

El drama es que muchos candidatos conocen perfectamente esta realidad. Saben que hay sectores de la población golpeados por la pobreza o el abandono, y, en lugar de proponer soluciones estructurales para esos problemas, prefieren aprovecharse de ellos. La necesidad se convierte en herramienta política.

Así, la campaña deja de ser un espacio de debate de ideas, de comparación de propuestas o de discusión sobre el futuro de la región. En su lugar aparece una competencia vergonzosa por ver quién reparte más regalos o quién organiza el almuerzo más concurrido. La política pierde altura y la democracia pierde dignidad.

Unos candidatos -que ustedes los conocen y saben su nombres y apellidos- con «el pollito y papas fritas gratis» compra votos y no están mostrando generosidad, están demostrando que no confían en su capacidad para convencer con propuestas. Y quien llega al poder por ese camino, suele gobernar con la misma lógica: recuperar lo invertido y beneficiar a quienes financiaron su campaña

El resultado después es conocido: corrupción, obras paralizadas, promesas incumplidas y una población que vuelve a sentirse engañada. Por eso, el voto es la herramienta más poderosa que tiene un ciudadano para decidir el rumbo de su comunidad, de su región y de su país.

Ica, como muchas regiones del Perú, necesita autoridades capaces, honestas y comprometidas con el desarrollo. Necesita gobernantes que piensen en infraestructura, empleo, educación, salud, seguridad y servicios básicos. Pero esos líderes no aparecerán si la elección se decide en una mesa de campaña donde el menú principal es un plato de pollo. La democracia exige algo más que elecciones. Exige conciencia.

Y esa conciencia empieza cuando el ciudadano entiende que su voto vale mucho más que cualquier regalo de campaña, porque un plato de pollo se olvida al día siguiente. Pero las malas autoridades se sufren durante años.

Y aun así, A PESAR DE TODO, les dice que todavía queda una esperanza: que el ciudadano recuerde que su dignidad no se negocia y que el futuro de su región o provincia, tampoco debería servirse en un simple plato de comida.